ROSTROS

*Hernando Escobar Vera

Imagen: archivo personal del autor

Me tenían de rodillas, las manos amarradas atrás; sudorosos, sucios, sin mirada, eran fusiles con hombres a cuestas, fusiles sin alma dispuestos a usar a los hombres para jalar el gatillo. De rodillas estaba, al mismo tiempo resignado y pendiendo de algún milagro, sin película de una vida, sin más visión que la negrura, listo para el final de un relato que había consistido en salir de la negrura, abrir los ojos, tratar de entender, no entender nada y volver a cerrarlos.

¿Quiere decir algo?, le hizo balbucear un fusil a uno de los hombres. ¿Para qué?, ¿de qué serviría?, ¿quién me escucharía? y, después de todo, ¿pueden unas palabras finales revelar el sentido de los hilos de una vida como si se atara un nudo de cordones? No sé si lo estaba pensando o diciendo cuando sonó el disparo. Desde luego que no les interesaban las últimas palabras; eso era: un final abierto, abierto a la mala por un escritor pobre y efectista; eso era: una burla, un performance sin público, afectado y brutal, una ostentación de irrelevancia: nadie vería ni nadie recordaría el rictus del verdugo o del fusil, como tampoco mis palabras, si es que alcancé a decirlas.

Un resplandor iluminó las botas y las culatas y las hojas que se pudrían y se hizo intenso el olor a tierra húmeda y a pólvora; un resplandor y un estruendo y, luego, se hizo más negra la negrura.

Todo cesó.

Negro, silente.

Pero desperté con el recuerdo de mi muerte; real, porque seguramente fue la muerte de alguien en algún lugar. Una muerte sentenciada por botas y culatas y hojas podridas y ruidos de metales y una voz de burla como último gesto; una muerte sin rostro humano en la pupila, sin al menos eso.

Pero desperté en mi casa, en mi cama, las sábanas tibias, el aire frío, el ruido de carros y trastos en la cocina, el jadeo de mi perra en la puerta.

Desperté después de haber muerto una muerte ajena; frágil y precario, pero casi intacto a pesar de los gusanos que me acechan desde adentro, desde siempre. Desperté de la negrura y el silencio sin tiempo. Desperté con el último pensamiento de un hombre o una mujer que no sintió miedo ni tristeza por sí, sino amor y compasión por sus deudos. No permanecía imagen del patético derroche del verdugo, sino de los rostros amados.

*Profesor de la Maestría en Literatura de la UPTC, dicta talleres de creación literaria en Tintababelia (Bogotá) y adelanta su investigación doctoral sobre «estéticas de la memoria».