Febrero

Fotografía: Amarilla

Tamara Mathov 

Do I dare

Disturb the universe?

-TS Eliot

Hace semanas que no sentías nada. Tenés las piernas fuera de control. Flotás hasta la orilla y medio sol se asoma por el horizonte. Después de tantas horas de tiritante espera podrías llorar de la emoción. Transpirás sal y se te escandaliza el cuerpo. No podrías cerrar los ojos ni aunque quisieras.Seguís con la mirada la línea de la espuma y los pies se te hunden entre conchas desterradas que pinchan pero no duelen.A lo lejos, se ondula toda el agua y empieza una ola. Con los pies inundados, la arena ya pasó el tobillo, sentís entumecido ese huesito del empeine que te quebraste aquella vez, tan chiquita pisoteable que del recuerdo solo te queda la puntada. Pensás que si miraras hacia atrás seguro verías, más allá de la arena, de las dunas, de la tierra, de la ruta, de las vacas, del puerto, del río, del otro puerto, de la Av. Pedro de Mendoza, de la Av. Independencia, de la Av. Alberdi, del lavarrap, ahí, en un tercer piso de ese callejón, cómo él, quizás, podría cebarse uno, dos, tres mates, pero como estás de espaldas de cara al Atlántico que se curva como olla, se pierde y reaparece, te perderías el momento justo en que él, consumidor fiel de azúcar refinada, podría verter, a ojo, dos tercios perfectos del sobre verde y amarillo que seguro se robó de algún café mientras la moza, inmigrante europea en busca de la experiencia latinoamericana, estaría mirando por el ventanal de la calle Florida el andar tranquilo del negro negrísimo carilindo y musculoso que hace resplandecer diamantes falsos enfrentándolos estratégicamente contra el sol de febrero; el mismo sol que ahora, casi entero enfrente tuyo, perfora la piel de tu brazo izquierdo todavía sensible por soportar el peso de tantas de tus noches.

Walter, despierto hace milésimas de segundo, con ojos medio abiertos medio cerrados, reconoce en el rectángulo panorámico que dibujan sus párpados el lado del placard que alguna vez te perteneció a vos pero que ahora pertenece al polvo y a la memoria. Piensa que quizás, si junta energía suficiente, hoy puede ser el día de separar sus cuatro o cinco camisas de sus dos o tres pantalones y mudarlas a ese sector; o, en todo caso, decirle a Fabio que bueno, que dale, que se ponga las pilas porque si es así entonces él, Walter, se pone el proyecto al hombro y pueden armarse zarpado indoor. Walter, que todavía conserva la forma de tu cuerpo en su postura, siente un calambre en la pierna que a falta de otra pierna se enrosca en el cubrecama. Tose un poco para limpiarse la garganta de nicotina y mocos y gira sobre sí mismo hasta dibujar la diagonal perfecta del colchón que, además de ser colchón, es un rectángulo y no tiene sábanas. Boca abajo, respira un poco las almohadas y quiere aspirar tu olor, pero la verdad es que ya ni eso queda, entonces Walter debe recurrir a los más sofisticados mecanismos cerebrales que le permiten a uno crear olores donde no los hay, y hay que tener flor de cerebro para convertir en tu aroma, que al final, después de tanto adorno nostálgico, en verdad, quizás, no tenga mucho que ver con vos, los olores varios, terrenales, para muchos indeseables, que perpetúan las almohadas de su cama.

Las persianas de madera que nunca arreglaron porque vos dijiste que ibas a llamar al tipo y no lo llamaste, aunque nadie podría reprocharte que hayas olvidado el detalle en pleno barullo emocional, dejan pasar, entre maderita y maderita, la cantidad suficiente de luz como para que Walter deba cubrirse la cabeza con esa almohada que no huele como olés vos, hasta que el calor de febrero hace de las suyas y lo obliga a revolear almohada y cubrecama bien lejos de su piel, para inmediatamente pegar el salto, todavía tosiendo un poco, y caminar medio rengo, a tientas, por todo el pasillo hasta llegar a la cocina y hervir el agua en la pava eléctrica que canjearon con puntos. Ya no se levanta tan temprano como antes. La pava, cuando está llena en sus uno punto siete litros de capacidad, se demora exactamente cuatro minutos hasta alcanzar la temperatura “mate”, que Walter, como todos aquellos que toman mate azucarado, no tiene idea de cuál es.

Con la cadera apoyada contra la mesada y los brazos cruzados se pregunta qué puede hacer ahora, porque, muchos dirán, cuatro minutos no son tantos, pero Walter, que en lugar de escuchar el ruido ascendente del motor de la pava escucha tus falsetes mañaneros, diría lo contrario, y al final nadie puede negar que todo ese asunto se trata solo de una cuestión de perspectiva. Entonces, por hacer algo o por tapar tus cánticos, casi sin darse cuenta, arranca de la caja de pizza, que es más vieja de lo que Walter está dispuesto a confesar, el papelito que de un lado tiene el dibujo de todos los repulgues existentes, o al menos de todos los repulgues existentes en el menú del restaurante, pero del otro lado es blanco y liso, y como también, en un acto tan fortuito como afortunado, encuentra una Bic encastrada en la rendija que separa, o quizás une, las baldosas del suelo, se pone a dibujar algunas rayas, hace su firma en una esquina, dibuja una hormiga con audífonos, una monja en el espejo, un soldado con cabeza de ladrillos, una adolescente compungida, un bebé obeso en medio del ring, te dibuja a vos con tu cara de muerta, a vos bajo tierra, bien adentro, entre papelitos de caramelos de otras décadas y las lombrices de imaginario popular, dibuja un pájaro con plumas y sin plumas, un ojo que no es tuyo, un hombre deforme sin una mano, un diamante falso que parece de verdad, mil raíces que se hacen pez que se hacen gorro que se hacen libro, que se hacen hilos como esos hilos que podrías haberte enredado al cuello, que hubieran guardado en bolsita Ziploc, esas que usa mamá para guardar las sobras del domingo que también dibuja, papas al horno con carne al vino chorreante de tu sangre y, en una esquina también dibuja los tejidos de tu piel entre fibras de polyester y algodón, que no está seguro de qué son ni cómo son pero las leyó en la etiqueta de un saco la misma tarde en que aprendió a usar el lavarropas pero olvidó separar las prendas blancas de las de color; de pronto se sale de la hoja y en la mesada, que no absorbe tinta porque es de mármol, te dibuja invisible con las piernas juntas y estiradas, el cono de luz salido del proyector que se estrella en la pared con la sombra de tu cara irrumpiendo sobre la cara de Simone Simon, dibuja tus quejas que inmediatamente se convierten en carcajadas, lo mirás y te reís, cuando dibuja tu risa dibuja un reptil que sale de tu boca pequeña y rosada, convierte en nube una mancha oscura de mármol y sobre la nube te fumas uno, vos y tus mil máscaras en las mil manchas de la piedra, el abrazo y el silencio que resumió aquella noche que resumió la vida, dibuja tus ojos líquidos reflejados en el vidrio de la terminal del Buquebús, tu casa rota como quedó y roto también todo lo demás, los pies, los suyos y los tuyos, sobresaliendo de la manta con pelos de perro que nunca lavaron, de todos tus labios esparcidos por la mesada saca globos de historieta que hablan en serio y hablan en chiste al mismo tiempo, vos saltarina, violenta y sedada por tanto griterío, vos con piernas tan largas que pegás un salto hasta donde el trazo casi no puede seguirte pero te alcanza, vos con los pies y las rodillas enterradas, la piel hipersensible, el sol ya todo salido, dibuja un poco de olor a sal, tus piernas con vida propia, y cuando te rompe la ola bien cerca del cuello también chifla la pava y la punta del lápiz se quiebra contra el zócalo que divide la superficie del aire.