Éxodos

Fotografía: El Oso

Juliana Sánchez

Coyote

Jaime, zapoteco menudo de treinta años, manos prietas y ásperas conduce un pequeño camión atestado de migrantes que va de frontera la Sonoyta, Sonora, a Tucson, Arizona. No hay disparos, ningún sureño afina su puntería, solo cactus saguaros coronados con flores blancas guían al coyote y a su carga de pasajeros, escondidos dentro de la lona roja. Jaime ve venir la patrulla, aguza la mirada, como coyote achina los ojos, detiene el camión; salta a la lona, se sienta adentro junto a los demás, apuntala sus orejas, desabrocha su camisa, la unta de arena amarilla, despeina su pelo; se cubre de polvo, rasga sus pantalones y como coyote espera.

La patrulla fronteriza estaciona. Jaime, embustero y astuto, finge no entender inglés, no entender español. Él, ahora, solo parece hablar zapoteco. Y a todos los detienen, y a todos lo apresan y ninguno llega a las plantaciones de tomate, de tabaco, ninguno llega a limpiar baños, ninguno va a ser albañil, al menos en ese intento. Todos detenidos, un día, dos días, tres días y deportados. Y Jaime, brazos delgados y pómulos sobresalientes, Jaime, veintitrés veces deportado, veintidós veces exitoso, Jaime, diez años entre Estados Unidos y México, Jaime zapoteco coyote en la frontera, vuelve con los demás al otro lado, sin más.

La bestia

Ruge, aúlla; la bestia vomita arcada tras arcada cadáveres de migrantes encaramados en sus vagones. En el Distrito Federal se festeja el inicio de las posadas. En el negocio de tamales oaxaqueños tres parejas de macizos mexicanos dan vueltas velocísimas al son de una cumbia. Desde las calles oscuras se escucha la música, se la oye salir de rocolas brillantes, se la siente luchando por sonar entre cohetes y, quizás, disparos al aire. Avanza el tiempo, se persiguen unos a otros, se persignan los días ante el horror de los decapitados, y en el cementerio viven las cruces rosas de las mujeres asesinadas. Tenochtitlan es pista improvisada de carreras ilegales, cientos, miles, comen tacos de tripas, de sesos, de ojo. Los taqueros afilan sus cuchillos rechinándolos. La bestia ruge, la bestia aúlla, la bestia vomita arcada tras arcada remesas de migrantes victoriosos.

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