EN UN PAÍS NO MUY LEJANO

*Daniela Sierra Navarrete

Fotografía: archivo personal de la autora

A esas compañeras, dignas, amorosas, entregadas, todo el reconocimiento y apoyo en este momento tan difícil para la historia de los pueblos asentados en los Andes, las selvas, los ríos, las costas y las islas de este país no muy lejano.

Marco Polo escribió en su libro de aventuras en Oriente “todo lo que escribiré acá, es real”. Lo que aquí ustedes van a leer, también lo es. Sucede y no una vez, ni dos, sino se repite como la lluvia en un país no muy lejano.

Magdalena todos los días madruga a las cuatro de la mañana, luego de haber dormido escasas tres o cuatro horas. Se levanta a esa hora, porque —dice—siempre hay mucho trabajo, mucho bregue que solucionar. Nació en una ciudad grandota de ocho millones de personas, y es hija de gente del campo, que desde muy joven se fue a buscar el estudio en esa ciudad.

Magdalena, como yo, tuvo la oportunidad de volver al campo, pudo andar la tierra libre de edificios y navegar las aguas fuera de la ciudad; de pueblo en pueblo, se movió como un ser de monte lejos de la capital. En ese deambular vio en su propio cuero cómo otras mujeres despertaban no solo a trabajar, sino que les tocaba madrugar a correr, porque la guerra les pisaba los talones cada tanto.

Como a Magdalena, conocí a Jorge; un muchacho también nacido en la ciudad. Jorge, sin embargo, no pudo ir al colegio ni a ninguna universidad. Tampoco pudo andar como liebre por los campos ni navegar despreocupado por las aguas, porque cuando fue al campo solo pudo disparar a ciegas a quiénes le decían eras los enemigos. Creció en las calles de un barrio bien arriba de la montaña, allá en la mera loma donde las gentes humildes se organizan para vivir en las periferias de la ciudad grandota. Vio a su hermano menor, desde que tenía ocho años, dedicado con disciplina al consumo de bóxer y bazuco. Eso no era vida. La única oportunidad para tener una vida distinta aquí es el servicio militar —me contó—.

A Jorge le tocó ir a la selva a defender la patria, le decían. Su hermano Daniel, por entregarles el alma y el cuerpo a los señores que venden las bichas pesadas en las calles, también fue a parar a la misma selva. La vida es una tómbola: ambos terminaron armados hasta los dientes, en dos bandos distintos, pero amigos. Jorge y Daniel vieron cómo sus jefes conversaban sus negocios, hacían intercambio de armas y uniformes hasta que un maldito día amanecieron ciegos de rabia y se cogieron a plomo. Los hermanos desde entonces se volvieron enemigos a muerte, porque sus jefes lo ordenaron. Llovió plomo de hermano a hermano. El papá de Jorge y de Daniel, cuentan, perdió el juicio cuando se enteró de que a sus dos retoños los habían obligado a jugar a matarse. El viejo no volvió a dormir hasta el día de su muerte.

Magdalena, Jorge y Daniel comparten su origen urbano, pero también el destino de terminar en los campos de un país no muy lejano. Han visto la realidad, la han tocado, se les ha echado encima como una plasta. Y sí, las personas de carne y hueso sí se matan, así sean de la misma familia. Ni siquiera se matan por defender un algo propio, porque siempre están escudando como carne de cañón cosas ajenas de los patrones.

Y eso les cuento, solo hablo de la purita verdad. Hay muchos patrones por ahí —dice Magdalena— que además de mandar en la tierra y sus gentes trabajadoras, les da por la maldita mañana de querer mandar en las familias. Alguna vez se le escapó de la boca la historia de una tal Elvira. Su patrón, por ser el patrón de su papá, pudo acceder a su cuerpo como si entrara a alguno de sus potreros. Ella tenía 11 años, y eso, en ese país lejano, es normal. Es normal también que quemen cultivos de yuca y ñame del playón, solo porque al patrón de la finca se le ocurrió que en tiempos de sequía, debía correr la cerca unos metros más adentro de la ciénaga. Eso también es verdad, yo lo vi. Nadie me lo contó, ni tampoco sale en los textos de Marco Polo.

*Antropóloga e investigadora de la Fundación Alma