Como si nada

Carolina Ríos

Mamá nos dejaba solos todas las noches. El barrio era un buen sitio para deambular. A la salida de los bares, la gente botaba hamburguesas a medio comer, latas de cerveza y paquetes de cigarrillos. También se encontraban celulares y billeteras que algún despistado dejaba por ahí.

Mamá se pasaba mucho tiempo fuera. Nosotros nos dedicábamos a jugar en la oscuridad. Tras unas cuantas horas, que parecían una eternidad, el hambre empezaba a desesperar; mermaba un poco al escuchar los ruidos que anunciaban su regreso. Se veía chocar contra las paredes. A casa volvía tambaleándose. Se dormía al instante y empezaba a roncar. Lo más decepcionante es que nunca traía comida.

No quería a mamá. Me incomodaban todas sus acciones; su olor nauseabundo y su falta de lucidez me generaban una repulsión incontrolable. Mis hermanos sí se alimentaban de ella y a la primera mamadita de leche les daba vueltas la cabeza. Al final, el alcohol cumplía su cometido, uno tras otro iban quedando sumidos en la modorra y el adormecimiento. El alimento nunca era suficiente pero bastaba para mantenerlos vivos. En cambio a mí, el crujir del estómago vacío me hacía doler hasta las costillas.

Una noche, poco después de la visita a la plaza, mamá subió al suburbio y desapareció. Durante los meses siguientes la vi un par de veces pasando el rato con sus compinches en el bar Terra. Su mayor afición era beber de los charcos del licor que caía al piso. ¡Bastante había sufrido desde el abandono de papá! Pero ahora lucía un rostro triunfante y liberado. Todos empezaron a ausentarse, hasta que solo quedamos Mole y yo. Les costaba creer que yo decidiera quedarme en ese agujero de mala muerte que mamá se había visto en la urgencia de escoger ante la soledad, el hambre y la desesperanza.

Mi convivencia con Mole fue buena. Era un hermano mayor despistado. No se compara con esos hermanos que controlan y protegen al exceso a sus hermanitos. Mole dormía casi todo el día y salía en las noches a fisgonear lo que la gente tiraba en la calle.

Nos inventamos un juego para matar el tiempo. Él era el Rey y yo el bufón. Hacía lo que fuera por verlo reír y que se sintiera feliz en este mundo ruin.
Yo parecía el hermano mayor, velaba porque no le faltara nada. Aunque la situación era insoportable, siempre sacaba fuerzas para seguir divirtiendo a Mole. Le hacía la vida más fácil y llevadera. Lo distraía para que no sintiera el dolor del hambre.

Pasaron varios meses. Un sábado en la noche mamá apareció en el balcón. Por su aspecto, parecía tener una gran preocupación. Era consciente de que había faltado a su palabra: no había vuelto pronto. Yo nunca estuve dispuesto a esperarla. Bastante tuve con aguantarle sus borracheras. ¡Ella no debió marcharse! Mamá estaba parada ante la sombra del farol de la calle. Las lágrimas cayeron ligeras en el charco. Ella se había marchado sin preocuparse por la vida de sus pequeños; después de todo era un acto normal ante sus constantes maltratos. Y ahora, como si nada, se le había ocurrido volver. Mole estaba feliz de tener de nuevo a mamá en casa. No sentí satisfacción alguna.

A los dos días se fueron y quedé en ese agujero al que llamaba hogar. Me asomé a la ventana y los vi alejarse por la calle nublada. En el agua empozada me vi ridículo, bajito, ancho de cintura, peludo. Los ojos oscuros y protuberantes me daban un asqueroso aspecto de sapo. Vi un rostro derrotado; una nariz puntiaguda con dientes amarillentos.

La luz titilante de la farola iluminó los pasos firmes de mi madre y Mole. No podía creer que mi hermano también me hubiera abandonado a pesar de todo lo que hice por él, de mis esfuerzos por mantenerlo vivo, tranquilo y feliz en medio de la dificultad. El peso del abandono aplastó mi mirada mientras ellos desaparecían entre la niebla de la noche.

Desde entonces, mastico una bola de papel como si fuese un chicle hasta convertirlo en una blanda pasta que me se pega en el paladar. La moldeo con la lengua y juego con ella hasta saciar el hueco en el estómago. Así se distrae el hambre. También me entretengo deshojando los libros: rasgo y chillo de euforia arrancando cada página. ¿Ahora qué hago? Nada. Aún no comprendo la tiranía del mundo; soy un simple ratón de biblioteca.

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