*COMO LUCIÉRNAGAS

**Sebastián Montañez Cifuentes

El naranja incendiado del atardecer es atravesado por el vuelo suspendido de las águilas negras. Las nubes enrojecidas se reflejan en las corrientes adormiladas del río y el canto de los pájaros cabeza amarilla revolotea por los árboles crecidos a las orillas. Magdalena y su madre Clemencia reman pacientes buscando algún rastro entre las arenas blandas. Con el remo palpan en el fango. Ya van para casi tres semanas esculcando entre las orillas, pero nada que encuentran a Toño. En los remos se les han enredado trozos de ropa deshilachada. Toda la juntan y se la guardan en un costal.

—¿Sigues soñando con el Toño? —dice Clemencia, con la mirada atiborrada de quejumbres. El remo calmo sobre su falda azul desteñida—. No me salgas con más cuentos. Ya estás grande y en edad de entender.

—Ajá —contesta Magdalena apenas despegando los labios sin dejar de remar—. Usté no me cree pero papá… trata… ¡intenta decirme algo! Pronto lo voy a encontrar, y usté se acordará de mí; ya verá.

—Ay, hija. Pásame el agua más bien que llevo aquí una sed que me devora.

—¡Con ese guayabo vivo que se le bate ahí adentro, cómo no! Carga usté entre esa boca un tufo de años, mamá.

—Sabes que si seguimos dando lora, esto, Magdalena, se va a poner peor —tose. En su garganta bailotea una flema estancada. Escupe —. Deja que se vaya, mujer. Ni siquiera sabemos si sus restos siguen por aquí. Fijo nos dijeron eso solo para darnos un suspiro, y tú dale que dale.

Clemencia toma del tarro con angustia. Las águilas sobrevuelan el río a la espera de una presa y, del otro lado de la orilla, las nubes se van apagando. Asoma la luna deshaciendo las llamas. Magdalena pide un sorbo. La madre le pasa el tarro de mala gana, remoja su rostro con las aguas del río, se sacude y sorbe del totumo un trago largo de guarapo. Saborea el fermento estancado. Sorbe otra vez. La balsa se balancea con el empuje mermado de la corriente. Magdalena desocupa su mirada en las lejanías del río.

—Ya va siendo hora; no demoran en salir las babillas —dice Clemencia, agria por el trago que acaba de pasar—. Tú lo sabes, hija, esa gente no nos va a dejar tranquilas hasta que cojamos escarmiento. No perdonan tanta preguntadera, ya nos vienen espichando el paso y tú no dejas de poner pereque. Míranos cómo nos ponen. Ves esta vieja, ¿la ves? ¡Nos han marcado como al ganado, Magdalena! —se escucha el canturreo de los pájaros y la ventisca desordenada que anuncia la noche—. Ya nadie nos mira sin vergüenza. Todo esto es culpa del Toño que estando tú bien chica se puso a ponerte cuidado y a darle vuelo a tus tonterías. Y ya ves, como raro, no tenemos razón de dónde anda. Ni siquiera de muerto se queda al lado nuestro.

—¿A qué se regresó? Lo mejor es que usté coja camino y yo me haga el mío. Haga el favor de irse y no volver, mamá. Háganos ese hijueputa favor.

Clemencia es atragantada por la rabia y en voz rancia le alega a la hija la ingratitud de sus palabras. Las águilas merodean el cielo emperezadas por el hambre.

Magdalena rema sin dejar de mirar los últimos respiros del sol entre un cielo cada vez más entoldado. La primera vez que Clemencia se despidió dijo que se iba porque ahí en ese pueblo solo venía la muerte y de visita, que no entendía cómo la gente podía vivir con sus ilusiones intactas si solo llegaban las malas noticias y las costumbres de matar venidas de otras tierras, que ella prefería dejar una hija que perder toda su vida en ese chiquero. Antes de ver cumplir los siete años de Magdalena, Clemencia se fue y dejó a su hija en los brazos del papá. Cuando Toño la convenció de irse para allá, le dijo que ahí estaría bien, que cuidaría de ella y de la hija, y que jamás les faltaría nada, que ni siquiera iba a extrañar las comodidades de su familia. Que él bajaría del monte a visitarlas cada vez que pudiera.

—No se preocupe tanto por mí, Clemencia. Hágase cargo de la niña que yo me las sé arreglar allá entre la mata. La avanzada no tiene espera y pronto los tres vamos a celebrar esta victoria, se lo aseguro. Aquí viven protegidas. Tenga paciencia y temple; es lo único que le pido, mujer. ¡Qué cosa con usted!

—¡Ni siquiera ves crecer a tu hija, Toño! Ya va por los siete y me sigues diciendo lo mismo. Estoy harta. Hazte tú cargo de Magdalena y sus locuras. Me voy rendida.

—Aquí no piense en volver, pues. Si se va, que le coja buen camino, pero aquí ya no tiene a que regresar. Si es usted capaz de abandonar a su hija, Clemencia, le aseguro que…

—¡Tú qué sabes de abandonar, Toño! No seas desvergonzado. Para ser papá no basta venir de vez en vez a llenarle la cabeza de cucarachas y luego largarte como si nada cada vez que se te antoje. Tu ausencia enloquece a Clemencia, Toño, y yo, la verdad, ya no sé qué hacer. No pude sola… ahora te toca a ti, te las arreglarás sin mí por fin.

A Magdalena el terror de la soledad la invadió como un calambre, y atragantada vivió con las voces que carga por dentro. Desde muy chica, dicen, fue visitada por los muertos. Vio despedirse a más de uno, y en su cuerpo a veces aparecieron rasguños y moretones de la gente que se negaba a dejar este mundo. A pesar de los intentos de Clemencia por llevársela lejos de ahí, Magdalena nunca quiso porque siempre vivió a la espera de su papá. Toño pudo cuidar de ella por unos meses pero se vio obligado a dejarla con su hermana porque monte adentro la vida solo sabe sangrar. Si se quedaba, ahí mismo lo iban a matar delante de su hija. Prefirió la guerra, convencido de que ya pronto iba acabar. De cuando en cuando, Toño iba al pueblo. Allí se quedaba unos días y le traía las historias a Magdalena.

—Tú no me vas a creer, hija, pero de dónde vengo se escucha por ahí que cada vez estamos más cerca. Los viejos dicen que es solo cuestión de tiempo; ya aguantamos lo más, ahora nos queda lo menos. Los muchachos andan alegres por ahí. ¿Los ves? Puede que esta vez sí sea, Magdalena. Nosotros llevamos la esperanza atravesada como un filo en el cuerpo… Y de tu mamá, solo sé que anda bien. De seguro pronto volverá, ya verás. Ella es de las que se va para hacerse el camino del volver. Déjame acabo de contarte la historia: allá, en las noches, nadie habla; nos entendemos con las miradas y algunas señas. Prendemos el fuego solo por un rato dentro de unos huecos que cavamos en la tierra, y allí comemos calladitos. Si acaso escuchas el masticar propio, no más. No creas que no te pienso.

En las noches, entre todo ese silencio, mis pensamientos se me vienen aquí contigo, hija.

—Toño, la abuela se va a morir. Ha venido unas cuatro veces a despedirse. Me ha dejado la cama caliente ya varias noches. Cuando me acuesto, una tibieza con su olor me arropa. La vi sentada en la mecedora tejiendo. Su carita es un montón de arrugas y su mirar cenizo ya se viene apagando hace días. Intenta mantenerse viva con las agujas y los hilos, pero los recuerdos ya se le han ido casi todos. Ve a buscarla, papá. Será la última vez que la veas.

—Si me voy, debo despedirme, Magdalena. Me demoraré tiempo en poder regresar a ti. Cuando sepas de lo mío, te lo ruego, no me cuentes… deja que las cosas pasen como tienen que pasar. No quiero saber que ya voy a morir.

Toño siempre creyó en los pálpitos de su hija. Sabía que si iba a despedirse de su mamá seguro, de regreso, le perseguían el rastro y sería casi imposible zafarse de la muerte. Pero ya para ese entonces venía con un cansancio en el cuerpo y una decepción con la vida que no le puso mucho cuidado. Solo lo invadió un deseo terco de abrazar a su madre. La abuela Alicia aguantó y, con la muerte saliéndosele por los ojos, pudo despedirse de su hijo Toño.

Magdalena vio la ausencia de su padre durante semanas. Su desaparición se anunció con pesadillas y gritos atorados en la madrugada. Las paredes del cuarto se le vinieron encima por las corrientes del río y el lodazal salvaje se le metió todo por la boca. Las águilas negras rondaron la casa destruida a la espera de los cuerpos ahogados. Al acecho cerraron las alas y como una flecha aterrizaron entre las ruinas para picotear la carne azulada.

—Ayúdame, pues, que nos cogió la noche, Magdalena —insiste Clemencia embutiéndose otro chorro de guarapo—. Te estoy hablando. ¡Aquí estamos, maldita seas! Aquí, tú y yo, en el mundo de los vivos buscando solo muertos. Hazte tú el favor de volver, ¿sí?

La luna brilla llena sobre las aguas del río. Todavía sobrevive un atado de sol en el cielo despejado y, en las ramas secas, florecen como luciérnagas las cabezas amarillas de los pájaros. Magdalena vuelve al remo sin dejar de mirar cómo aparece y desaparece el canturreo amarillo entre los árboles. En la orilla, las águilas picotean los ojos de una cabeza perdida.

* Este cuento hace parte de una colección inédita titulada "Suenan voces en el río" 
**Docente universitario, escritor, fotógrafo, investigador del Equipo Colombiano en Investigación en Conflicto y Paz (ECICP)