CARTAS DE MAMO PARA TULSI

*María C. Poveda

Antes de que la humanidad viviera en La Gran Esfera, el planeta Tierra poseía tanta agua que había pequeños terrenos rodeados por dicha sustancia. Uno de ellos era la Isla de Matasanos, la cual fue rastreada en el año 3278 por un equipo de investigadores colombianos que buscaba registros de vida humana tras la Gran Guerra de finales del siglo XXI. Esta búsqueda marcó la historia del mundo, pues, a diferencia de la mayoría de las investigaciones realizadas tras la Gran Guerra, esta logró su objetivo.

La arena es movida por el viento, produciendo pequeños remolinos a la orilla del mar, y el sol brilla sobre el agua, despidiéndose del mundo. En la isla de Matasanos no se escucha murmullo alguno, toda la comunidad está reunida en oración silenciosa dentro de la choza central. Allí, el calor es sofocante. Las tres decenas de habitantes que tiene la isla están congregados alrededor de una fogata que eleva sus llamas hasta casi tocar el techo de palmera seca.

Hoy te busqué todo el día. Como no te vi por ningún lado, pensé que tal vez estabas brava porque no te había dado el agua del último coco que bajé.

Ese mismo día en la mañana, Mamo se despidió de sus padres y corrió hacia la playa para encontrarse con Tulsi. Se abrazaron con la felicidad alegre y sincera con la que se abrazan los niños cuando aman; corrieron sobre la arena, levantando montañas a su paso; treparon palmeras y comieron cocos hasta llenar los estómagos; tejieron collares de concha con largos cabellos de Tulsi para ofrecerlos a las mujeres mayores de la comunidad; y, antes del atardecer, se despidieron para asistir con sus respectivas familias a la oración del fin de día.

Bajé dos cocos para que te tomaras el agua de ambos y dejaras de hacer berrinche. Me aburre mucho cuando peleamos y me dejas de hablar, porque me gusta jugar contigo.

Ahora, reunidos alrededor del fuego, guardan silencio. El cabello de Tulsi se le pega a la espalda por el sudor y la pintura del cuerpo de Mamo está difusa. Los adultos, cerca de las paredes de la choza, tienen los ojos cerrados y las manos dirigidas hacia el cielo, mientras que los niños, más cerca de las llamas, entrelazan sus manos haciendo un círculo alrededor del fuego. Las ondas de calor que emanan de la madera ardiente se sacuden de vez en cuando, haciendo que los niños bajen la cara para protegerse. La ceremonia consiste en agradecer al fuego, por darles calor para comer y para dormir en las noches de mucho viento; al agua, por ser fuente de vida; a la tierra, por el alimento y el espacio dado para la aldea; al viento, por permitirles continuar respirando; al sol, por su luz; y a los integrantes de la comunidad, porque todo lo que tienen, material e inmaterial, ha sido adquirido gracias al trabajo colectivo.

Siempre que vamos a la playa a bajar cocos se me olvida que hace calor.

Terminada la ceremonia y llegada la noche, cada familia se dirige a su choza. Algunos jóvenes solteros se quedan charlando alrededor del fuego, evitando el viento frío que llega del mar. Tulsi quiere quedarse, pero sus padres la llaman a dormir. Entra a la choza y ve a sus padres y a su hermano arrullándose en las hamacas. Se trepa en la suya, procurando respirar como si durmiera. Imagina a Mamo dormido, cansado por los juegos del día. Espera lo que le parece una eternidad, hasta que está segura de que todos duermen, y se levanta. Caminando hacia la playa, el viento le despega el cabello de la espalda y se lo sacude como hojas de palmera. La arena, todavía tibia, la conduce hasta el sendero donde sus padres se besaron por primera vez. Le gusta ir allí para ver a las parejas de jóvenes que buscan privacidad. Esta vez, encuentra una que apenas comienza el cortejo. La mujer tiene una tela sobre la cabeza para proteger su cabello de la arena y la sal. Están sentados junto a una palmera, mirando hacia el mar, mientras hablan y ríen. Hay luna llena.

Cuando quieras, podemos ir a bajar cocos y a buscar nidos de cangrejos. Ya sabes que después de ayudar a mi papá con las chozas quedo desocupado y me aburro.

Una ráfaga de viento le arrebata la tela a la mujer, dejando al descubierto su largo cabello negro. La tela vuela entre remolinos de viento y arena hasta llegar al mar. Tulsi, preocupada por la interrupción de la escena, se abalanza al rescate de la tela hacia la inmensidad marítima. El hombre piensa en hacer lo mismo, pero recuerda que no debe meterse al mar cuando la luna lo alumbra. Tulsi entra al agua. Nada tan rápido como puede, con toda la fuerza y la práctica que desarrolló en los siete años que lleva conociendo el mar, hasta llegar a donde se encuentra la tela. Levanta la tela y le sonríe al hombre, pero algo la jala hacia las profundidades, haciéndola desaparecer de la superficie de las olas. Solo la tela queda flotando a la deriva, meciéndose sobre el agua.

Te voy a esperar por la tarde, antes de la ceremonia, donde siempre.

El hombre hace todo lo posible por encontrar a Tulsi: nada y nada, pero no encuentra rastro de la niña. Hacía un año que había sucedido lo mismo con una joven que, en medio del juego con su compañero, había decidido sumergirse en el agua, sin saber que sería la última vez. La comunidad había decidido evitar el mar en las noches, pues no solo la marea era tempestuosa y, por lo tanto, peligrosa, sino que temían aquel peligro desconocido que les había arrebatado a la joven. Y, aunque nunca se supo qué fue lo que se llevó a los integrantes de la isla Matasanos, ni dónde están los cuerpos, las chozas y los rezos de esa época, los investigadores tuvieron la fortuna de encontrar cartas escritas sobre hojas de palmera, donde un tal Mamo le escribió a una tal Tulsi una carta diaria durante veinte años.

Por favor no me dejes esperando mucho tiempo,
Mamo.

* Creación Literaria, Universidad Central.