El tercer círculo

Fotografía: El Oso

Camilo Casallas

Ya la situación es apremiante. Sin embargo, me siento mínima, enturbiada, obstaculizada. Camino por los jardines y pasadizos del colegio, y cada día pareciera ser mi primer día, la primera clase que impartí, la primera tarea que puse. Es decir, como si se hubieran abierto las puertas del cielo a las hordas de bárbaros que viven en tiendas y que beben sangre de caballo. Pero estas puertas nunca son abiertas; permanecen cerradas, dejan pasar solo un haz de luz. Al sonlar a campana me aterrorizo. Este temor es más instintivo que cerebral. Lo siento en los hombros. He pensado bastante en la razón de ese temor y no logro encontrar respuesta. Salen en desbandadas luego de que el tañido desaparece entre los gritos y los pasos. Este temor es más instintivo que cerebral. Lo siento en los hombros. He pensado bastante en la razón de ese temor y no logro encontrar respuesta. Salen en desbandadas luego de que el tañido desaparece entre los gritos y los pasos. Para ellos, el cielo se abre cada hora y media. Para mí, empieza un infierno agotador y vertiginoso; una eternidad vivida en cada segundo. Los veo desde la ventana del salón, golpeándose, diciéndose improperios y lanzándose comida. Ya no soy capaz de salir del salón.
El frío de este campo alejado me deja tiesa. Los baños son sucios, gélidos, oscuros, y las tazas son bajas, construidas para niños de cuatro años.

Cada vez que las uso, tengo que plegar las rodillas, acercar los muslos a la parte trasera de las canillas. Y, sobre todo, ruego para que estos demonios no se acerquen y me vean así, vulnerable. Los peores son los que en los recreos se reúnen en un círculo. El niño grande y negro extiende las piernas en la parte más alta de un montículo, y el resto, mucho más pequeños, se explaya alrededor con las extremidades cruzadas. A diferencia del resto, este grupo es serísimo, altivo; casi diría que orgulloso. Mientras los otros se deshacen en diarreas exageradas, estos llevan la espalda firme. El negro lleva un cuenco gigante. El resto de niños repleta el cuenco con tricitos, sánduche de huevo, empanada, chitos, chirricos, tocinetas fred, leche achocolatada, jugo de mora, herpos. El negro agarra el cuenco y lo mezcla con una cuchara enorme de metal. Los colores de esas miles de comidas se van volviendo cinco, tres, dos, un solo tono amarillento y sucio. Cuando el potaje está listo, el cuenco se va pasando de mano en mano. Los miembros del círculo comen con concentración y empeño. Hay un líquido espeso que algunos beben cuando el potaje está por acabarse.

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