DE LA CONVERSACIÓN CON UN FILÓSOFO

Damos la bienvenida tardía al nuevo año, con la publicación de esta entrevista al profesor Hernán Alejandro Cortés, para la sección Palabras ajenas. El profesor Cortés es Estudiante de Doctorado en Filosofía y Magíster en Filosofía de la Universidad de los Andes; Licenciado en filosofía de la Universidad Santo Tomás. Se ha desempeñado como docente de la Universidad de los Andes, la Jorge Tadeo Lozano y la San Buenaventura; es becario de la Universidad de los Andes. Publicó su primer libro en el 2013: El animal diseñado: Sloterdijk y la onto-genealogía de lo humano. Se ha especializado en la filosofía política y latinoamericana. En la actualidad, se concentra en el estudio del problema de lo común en el marco de las discusiones sobre la ontología política contemporánea. Colabora como columnista para el portal Palabras al Margen y es fundador de la Red de Estudios Críticos (REC)-Latinoamérica.

Don Jumento conversó con el profesor Cortés sobre distintos temas. Quisimos abordar —desde la palabra escrita— cuestionamientos y curiosidades alrededor de la filosofía, la literatura y la política; conversamos, además, sobre el papel de la docencia en una sociedad como la nuestra y la pertinencia del pensamiento crítico. Abordó algunas perspectivas y preocupaciones de los procesos de lectura y escritura en su formación intelectual, y en su ejercicio docente. De otra parte, el profesor Cortés nos compartió sus apreciaciones del proceso de paz con las guerrillas, y su percepción frente a la alarmante situación de asesinatos de líderes y lideresas en varias regiones del país. Finalmente, nos reveló algunas curiosidades de su vida. Agradecemos al profesor Hernán Alejandro Cortés por su tiempo, disposición y paciencia. Esperamos volver a encontrarnos en el camino del Burro.

Don Jumento:

Cuéntenos, por favor, ¿cuál es su apreciación sobre el lugar del pensamiento filosófico en una sociedad como la colombiana?

Hernán Alejandro Cortés:

Bueno, primero, muchas gracias por la entrevista, les agradezco por el esfuerzo de crear canales de acción distintos a los tradicionales y por darse a la tarea de disputar los medios. Esa es una pregunta difícil, porque cuando se está metido en este mundo de la academia a uno le parece que la filosofía es súper importante y, a toda costa, uno quiere convencerse de ello, sin embargo, muchas veces siento que entre el mundo académico y la sociedad civil hay una zanja, que a veces parece infranqueable. Me parece que en este momento el pensamiento filosófico es el lugar típico y tradicional de hacer preguntas, sobre todo en el momento de transición que se empieza a avizorar. La filosofía puede aportar mucho en ese camino, no como disciplina académica, pero sí como actitud, como una forma de enfrentarse a los problemas, de asumirlos y de cuestionar para desnaturalizar. Esa creo que es nuestra principal tarea como filósofos, permitirnos construir escenarios de duda, cuestionar los elementos que están a la base de los prejuicios, ayudar a comprender los límites de lo que decimos, sobre todo en un país donde la clase política es tremendamente irresponsable para hablar; basta ver las declaraciones de una senadora como María Fernanda Cabal o de Roberto Gerlein, ejemplos hay muchos.

En segunda medida, el pensamiento filosófico debe procurar un lugar en diálogo con otras disciplinas, tanto de las ciencias sociales, como de lo que, tontamente, se han denominado las ciencias duras, como las matemáticas, la física y la química. Creo que el pensamiento —un poco como Gramsci— está en todos y que lo que hay que producir son escenarios de diálogo. En Colombia tenemos que aprender a detenernos, a pensar los problemas con mayor mesura. Creo que la filosofía puede aportar en ese diálogo y que tiene la responsabilidad de pensar y procurar formas de diálogo para detenerse, observar y, de la mano de otras formas de saber, producir formas de avanzar, de crear otro conocimiento. Debo decir que hay muchos colegas trabajando en esos horizontes y que la lucha no está perdida.

La filosofía es, fundamentalmente, una forma de producir una desnaturalización, a eso era a lo que Foucault llamaba actitud crítica. Para mí la filosofía tiene que ver con cartografiar la forma en la que se producen verdades y, desde allí, desde la materialidad del archivo histórico y desde el pensamiento, debe estar en la capacidad de producir nuevas formas de ver la verdad, de pensarlas alejadas de los prejuicios y de las formas que han quedado sedimentadas con el tiempo. La filosofía en tanto actitud crítica tiene que demarcar los límites de lo posible (Kant), desnaturalizar lo que ha quedado instituido como discurso verdadero (Foucault) y producir una nueva forma de percibir (Rancière). Como verán es una tarea muy silenciosa en la que, definitivamente, quienes nos ocupamos de esto debemos ser creativos y menos rudos en la forma de comunicarnos.

DJ: Profesor, cuéntenos, ¿cuáles son las relaciones que encuentra entre el pensamiento filosófico y el pensamiento político contemporáneo?

HAC: Me parece que los vínculos entre filosofía y política siempre han sido estrechos y que la producción de teoría política es una cuestión fundamental. Siempre que mis estudiantes me preguntan por qué estudié filosofía, les respondo diciendo que muchas de las formas a las que ellos apelan, como la ley, lo bueno, el derecho, el Estado, fueron parte de una reflexión en la que se vincularon política y filosofía, y que autores como Hobbes han producido grandes efectos en la realidad, así que es un poco falacioso asumir que la filosofía no sirva para nada. Las ideas de Locke, Hegel, Marx o las de Gramsci, sin duda, han determinado en muchos sentidos las hipótesis mediante las cuales pretendemos comprendernos como sociedad.

Hoy hay en escena tres grandes debates en los que podría resumir la pregunta. Primero hay un debate sobre lo que es la política en sí misma, sobre lo que es en tanto que es, sobre si existe un principio o un ser de la política, a eso se le conoce en filosofía como una reflexión sobre la ontología política. Algunos autores afirman que el ser de la política es el antagonismo, es decir, el conflicto que eso es lo que hace que la política exista y la configura como tal. Por otro lado, la reflexión filosófica se ha venido haciendo una pregunta por la democracia que cada vez siento de manera más radical; pensadores como Rancière, Hart y Negri, Badiou, Zizek y otros, han dedicado a esto muchas páginas de sus obras y han cuestionado el modelo liberal de la democracia; el pensamiento filosófico tendría que vérselas, entonces, con la discusión entre liberalismo, democracia e individualismo que me parece que está en el corazón de nuestras sociedades contemporáneas.

Finalmente, y esto creo que Marx y Engels fueron pioneros, la filosofía se las tiene que ver con un diagnóstico del capitalismo. En ese terreno es clave repensar las formas en las que el capitalismo agencia verdades y produce discursos. En esa medida, creo que hay que pensar desde la materialidad de las condiciones sobre las formas en las que el capitalismo desplaza la dominación y sobre las posibles formas de enfrentar una lucha de carácter emancipatorio. En ese sentido, las tradiciones y las prácticas de América Latina tienen mucho que aportar y nuestra tarea es pensar desde esa materialidad lo que significa, las limitaciones y la forma en la que se produce ese contenido emancipatorio. Me parece que aquí es clave pensar una figura como la del Estado y las tradiciones del republicanismo y del comunismo, no solo como modelos teóricos, sino como formas que han fracasado y que hay que repensar para producir nuevas formas de gobierno.

DJ: Profesor Hernán, si tuviera que salvar de las fauces del tiempo un libro de literatura escrito por una mujer, ¿cuál escogería?, ¿por qué?

HAC: Esta es una pregunta más difícil que todas las anteriores, primero porque es evidente que las mujeres y sus obras son marginalizadas por las estructuras editoriales y por los círculos académicos, y eso hace que cuando piense en un libro solo piense en autores hombres, un gesto sin duda horrible. Sin embargo, optaría por salvar la primera autobiografía escrita por Simone de Beauvouir, Memorias de una joven formal; fue un texto que leí en un momento clave; me permitió entender la forma en la que una familia patriarcal va enclaustrando los deseos, el cuerpo y la imaginación. También la forma en la que Simone se relaciona con los libros y la lectura, y la forma en la que rompe con la religión fueron muy estimulantes. Ese libro lo guardaría como un tesoro, no por cuestiones formales, sino porque representó para mí un gran aprendizaje en un momento difícil. Creo que son puras razones personales y que no podría dar otras en ese punto, además de recomendar la lectura de tremenda obra.

DJ: ¿Cree usted que la ficción literaria puede contribuir al descubrimiento de nuestra condición humana?

HAC: No sé si hay una condición humana que descubrir, pero creo que la literatura tiene como función procurarnos formas distintas de acercarnos a eso que es inasimilable, a eso que se nos escapa todo el tiempo de nosotros mismos. La literatura —no la creación de mundos alternos— es más bien una manifestación de esos ruidos, esos silencios, esos tiempos, esos miedos que nos acosan todos los días y a los que rehuimos por la necesidad de la certidumbre. Me parece que la ficción tiene la responsabilidad de ofrecernos relatos sobre la realidad, no para escaparnos, sino para ir procurando una comprensión de esa infinitud de cuestiones que no se pueden resolver. No creo que la literatura sea un viaje para escapar de la realidad, de hecho, al menos la literatura que leo es siempre una bofetada con eso que no queremos asumir y es una oportunidad para que los silencios y los ruidos de la existencia tengan lugar.

DJ: ¿Cuál cree que debe ser “el papel” del profesor universitario en un país como el nuestro?

HAC: El papel de cualquier profesor, sea universitario o no, es el de luchar por transformar y construir una mejor sociedad. La principal tarea de los profesores de la universidad es la de fomentar un desarrollo crítico frente a las formas de interpretar, de relatar y de construir el mundo. Eso implica hacerse muchas preguntas y dejarse interpelar por las preguntas que los mismos estudiantes llevan a clase. La generación de profesores a la que pertenezco, no cree que está en posesión de un saber y, procura, construir saberes colectivos con los estudiantes; aunque a veces la realidad sea muy desafiante y el desinterés muy manifiesto, hay que seguir apostándole a la construcción de una universidad, amplia, plural y, sobretodo, igualitaria.

En Colombia me parece que los profesores deben preocuparse por la desnaturalización de la idea de educación como “privilegio”, esa idea que ha estado enquistada en nuestras formas culturales y que tanto daño le hace a universidad como un escenario abierto. En ese sentido creo que es necesario producir una narrativa sobre la educación como un bien común universal inalienable, como un escenario central en el desarrollo de cualquier sociedad. Los profesores tenemos un papel importante en ese horizonte y me parece que muchas veces nos equivocamos en la forma de transmitir el mensaje.
Finalmente, y esto sonará profundamente reactivo, creo que “el papel” que debe cumplir un profesor en la Universidad es el de sacudir eso que se creía natural, sacudir de manera tal que uno quede interpelado y con ganas de producir nuevas formas de ver eso que antes veía de una sola forma. Eso me lo enseñaron mis maestros y creo que me quedo con esa lección de duda, de incitación a seguir andando, de dialogar y de escuchar, creo que eso es lo que he venido aprendiendo aunque sea muy difícil de llevar a la práctica. Los profesores escuchamos poco.

DJ: ¿Considera usted que la universidad sigue siendo un espacio para el fomento del pensamiento crítico?, ¿o estos centros de formación, más bien, están confundiendo la pedagogía con la memorización de contenidos?

HAC: Muchos hemos sentido desazón con el rumbo y con el ritmo que han tomado las universidades en las últimas décadas. El neoliberalismo la tomó por asalto y creo que eso lo hemos sufrido de diferentes maneras, desde la precarización laboral, hasta la evidencia de que la educación es otro bien de consumo en el mercado. Eso ha hecho que los estándares estén amangualados con formas mecánicas de producción de conocimiento. Conocí muchos colegas, en diferentes universidades, que nunca cambiaban sus programas, que siempre enseñaban lo mismo, que aún creen que un parcial mide el conocimiento de un estudiante, que califican a ojo. Eso hace que uno pierda la fe rápido.

Sin embargo, he conocido gente maravillosa con la que he podido construir horizontes colectivos de transformación, mediante el diálogo y a pesar de las diferencias. El meollo del asunto es que en la universidad uno es responsable de la formación de cientos de sujetos. Creo que la universidad sigue siendo un espacio en el que uno puede producir pensamiento crítico, pero para ello la universidad debe ampliarse y es lo que he intentado hacer en mis clases todo el tiempo: convertir la ciudad en un gran salón, hacer que los estudiantes cuestionen sus vidas, sus decisiones, sus privilegios, sus acciones; de eso se trata pensar críticamente, claro que ello será vacuo si no se traduce en un ejercicio de transformación en el que se abogue por lo colectivo. En eso hay que trabajar con mucho esmero y no es fácil, sobre todo con el desgano que estas nuevas generaciones tienen con la reflexión y el pensamiento.

DJ: ¿Cómo estimular el pensamiento crítico y autónomo de la comunidad estudiantil en el marco de la consolidación de la paz?

HAC: Hay múltiples formas y he tenido la oportunidad de ver cómo muchos colegas le han apostado a estos procesos. Lo primero que tiene que ocurrir es una sacudida al nivel de las emociones, hay que lograr un efecto del que se derive que la lógica de la guerra es insoportable, eso no es fácil de lograr. Creo que una de las primeras tareas es extender el conocimiento fuera del aula de clase, esas 4 paredes son grises y hay que convertir la ciudad en un aliado, procurar que la cotidianidad sea una herramienta. Para ello es clave que los estudiantes sean más receptivos de su entorno, que perciban los rostros de los otros en el transporte público, que se pregunten por qué siempre toman las mismas rutas para llegar a casa, que cuestionen la forma en la que visten, que reconozcan al otro como parte crucial de sus vidas. Hay que incorporar el contexto y tratar de producir criterio desde la toma de posición en ese contexto, no es lo mismo un estudiante que trabaja y estudia, que uno que solo estudia. Eso hay que reconocerlo y usarlo a favor.

El problema de la paz no es solo cuestión del silenciamiento de los fusiles, sino el de cómo nos reconocemos como hijos del mismo territorio, sin que ello implique eliminar las diferencias que tenemos. En lo que he podido observar es necesario trabajar sobre el contenido histórico del relato que se ha producido en medio del conflicto y desde allí empezar a disputar enunciados que se han sedimentado como verdades; hay que producir formas de leer los contextos históricos y vivenciales para desde allí activar motivaciones que nunca han estado a la orden del día. Eso es clave. Pues, como he dicho, pensar críticamente, tiene que ver con poder desnaturalizar lo que hemos creído como verdadero y de eso sí que necesita un país como el nuestro, lleno de jóvenes y viejos conservadores.

DJ: ¿Qué piensa de los asesinatos sistemáticos de líderes y lideresas sociales en varias regiones del país?

HAC: Es una situación lamentable, que me produce desasosiego, es la muestra de que los privilegiados en este país temen al desarrollo de unas condiciones más igualitarias. La respuesta del uso de la violencia como forma de solución de conflictos denota que estamos lejos de vivir en una democracia con garantías iguales para todos. Siempre he cuestionado esa idea de que en Colombia ha existido democracia, existen elementos de un desarrollo democrático, como la división de poderes y cierta independencia de la justicia, pero es claro que ese reparto de oportunidades, condiciones y formas no es igual para todos y que, en este país, a las personas que deciden juntarse se les estigmatiza y criminaliza al punto de poner en riesgo sus vidas. Están en una situación de peligro inminente. Lo que es ciertamente preocupante de la situación es que el exterminio sistemático no ha parado. Vale la pena recordar el doloroso caso de la Unión Patriótica. Hay una sistematicidad en los asesinatos y una complicidad muda de las instituciones del Estado que no anuncia ni capturas, ni investigaciones. Con la desfachatez que caracteriza a los privilegiados es difícil pensar que esto se resolverá pronto.

DJ: ¿Debería la comunidad académica pronunciarse frente a esta delicada situación?

HAC: Definitivamente, no podemos hacernos los de oídos sordos, menos cuando tenemos la responsabilidad de formar, creo que es necesario estar al tanto de lo que sucede con estos hechos lamentables y poder exponerlos ante la comunidad, rechazando la quietud de los entes gubernamentales y las desacertadas y tristes declaraciones del Ministro de Defensa. La historia de la desaparición y del uso del asesinato sistemático en Colombia no es nueva, hace parte de una forma en la que la guerra ha operado, de esa manera se han logrado desbaratar tejidos comunitarios que han logrado resignificar el territorio; y, los perpetradores, han logrado instaurar una política del miedo que se ha insertado en el sentido común de la comunidad: la idea de que el otro es mi enemigo. Esa política del miedo ha hecho que los lazos de esperanza que estos líderes han construido se vean amenazados. Parte de nuestra responsabilidad es la de mostrar que el Estado ha actuado de formas perversas o bien por omisión o bien por su contubernio con actores para-estatales que sí han jugado papeles definitivos en esta política del miedo.

DJ: ¿Cuál es su balance de este primer año de los acuerdos de paz entre la ex-guerrilla de las FARC y el Gobierno de Juan Manuel Santos?

HAC: El panorama es desolador. Pero uno tendría que poder sopesar ese pesimismo y diferenciar posibles niveles de análisis. Creo que el primer nivel de análisis es el orden del significado del acuerdo en el sentido simbólico. Lo primero que debemos pensar es que los Acuerdos de la Habana son una ruptura en la forma en que tradicionalmente comprendemos la democracia. Lo que hoy choca a sectores de la derecha es que hay actores legítimos dentro de la vida pública que cuestionan su modelo de democracia y que el cuestionamiento de ese modelo no se puede invalidar solo diciendo que los exguerrilleros son terroristas, criminales o asesinos. Es justo ese el corazón del asunto: las anteriormente llamadas FARC-EP y hoy Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común asumen el acuerdo y juegan dentro del marco de la democracia, entonces empiezan a disputar de manera “legítima” el espacio de lo político y, sin ser reduccionistas, el espacio de lo político se juega en el campo de los contenidos de las palabras.

En Colombia hemos llegado a altos índices de violencia porque hay un cierre en la participación política, eso demuestra que el modelo de democracia colombiano no es tan democrático como nos lo han dicho quienes han ocupado las instituciones de gobierno o la opinión pública. Hemos tenido una estructura democrática, pero no la hemos llenado de contenido. En su lugar, el Estado ha sido cooptado, se han tomado las instituciones por asalto; es lo que Santiago Castro-Gómez ha denominado el poder oligárquico; Colombia ha sido gobernada por las mismas castas blancas que han heredado sus privilegios y que han luchado, combinando todas las formas, para no ceder eso que se han “ganado” a costa de la explotación de otros.

Lo que ha logrado el Acuerdo, y en ese sentido es que digo que hay que ser optimistas, es exponer esa estructura del poder oligárquico y hacer patente que la indiferencia ante la agenda pública es parte de los problemas fundamentales del país. El tránsito a la vida democrática de las FARC y su configuración como partido político tumbó la idea de que el país estaba sumido en la miseria por el accionar insurgente, la tesis fuerte del uribismo se fue al piso y hoy, pataleando de mil formas, están tratando de producir un nuevo enemigo de paja para seguir ocupando las instituciones del Estado. Lo que ha logrado este acuerdo es procurar una agenda democrática en un país cooptado por la racionalidad del poder oligárquico. Esa racionalidad ha operado mediante la lógica de la guerra, la apropiación y la criminalización del otro. Entrar en la lógica del conflicto político ha demostrado que es posible ganar en la arena política sin apelar a la confrontación armada y creo que eso es una avance en el que no podemos ceder de ninguna forma.

Por otro lado, es necesario ser realistas: el acuerdo político está en cuidados intensivos. El gobierno Santos ha incumplido el Acuerdo de múltiples formas y ha producido una especie de crisis de legitimidad política que hoy compromete lo logrado. El otro factor que es bastante preocupante es el que tiene que ver con el desarrollo de la agenda minero-energética del gobierno Santos y que confirma que el Acuerdo es parte del entramado de gobierno de una agenda, eminentemente, neoliberal. En ese sentido, es difícil ver la situación de las licencias ambientales, el modelo de extracción de las multinacionales y la concesión de usos del subsuelo. La crisis ambiental que está dejando la paz de Santos denota que su forma de gobierno es contraria al desarrollo de territorios en paz. Su avance es el avance de una clase y eso se discute poco.

Otro punto que señalaría es que resulta necesario comprender la magnitud de un acuerdo, un acuerdo es solo una negociación, no es un escenario para cambiar un país, es más, no estamos del todo seguros si el país quiere cambiar. Muchas veces los que nos consideramos de izquierdas queremos arrogarnos el derecho de decirle a la gente cómo tiene que vivir o cómo debería vivir, eso me parece un desacierto, porque, como dice Javier Franzé, ser de izquierdas no es garantía de que la gente deba votarte o de que representes a la gente.

DJ: ¿Cómo cree usted que se puede contribuir desde la labor docente a despertar una sensibilidad por la lectura y la escritura, en un país donde existe un promedio de lectura tan escaso?

HAC: Leía hace algunos meses que no es cierto que los niveles de lectura sean bajos en un país como Colombia, en realidad lo que son bajos son los niveles de aprendizaje, de deseo de conocimiento, eso es lo que siempre ha estado en crisis. Hoy, ustedes lo pueden ver en las ciudades, la mayoría de los ciudadanos pasan horas delante de la pantalla de su celular, lo que están haciendo ahí es leer, sin embargo, lo que no se hace es vincular esa práctica a procesos de aprendizaje críticos, complejos, que hagan parte de un propósito. Lo cierto es que pasar los ojos por encima de unas letras no constituye un acto de lectura y eso es clave diferenciarlo. Los profesores de humanidades siempre cargamos sobre los hombros cierta responsabilidad en relación con la lectura y la escritura, en las universidades nos dicen que los estudiantes no saben leer porque nosotros no trabajamos con ellos en esas habilidades.

Me parece que la lectura es una acción transversal a cualquier proceso de aprendizaje, que uno no lee solo textos, sino que uno lee contextos, situaciones, emociones, uno se la pasa la mitad de su tiempo tratando de entender qué es lo que está sucediendo a su alrededor. Lo que sucede es que la práctica de la lectura está muy asociada a una idea ilustrada del erudito que se sienta a leer para salir de la realidad, y como dice Diana Guzmán, leer no tiene que ver con escaparse del mundo, sino con involucrarse en él. Los profesores tenemos que, como ustedes bien dicen, producir una sensibilidad con respecto al acto de la lectura y la escritura. Como profesor lo que uno hace es seleccionar textos para que los estudiantes le ayuden a uno a ver puntos que nunca había visto, es increíble lo que logran los estudiantes y es profundamente estimulante encontrar cursos que quieren aprender, así como es tremendamente desalentador encontrarse con estudiantes que van a ver Facebook y WhatsApp a clases; esos deberían darle la oportunidad a quienes sí les interesa su formación.

DJ: Para despedirnos nos gustaría preguntarle ¿cómo conjugar su formación filosófica con la percepción de prácticas espirituales o creencias religiosas, si acaso las tiene?

HAC: La espiritualidad es un tema clave. Uno no puede prescindir de ella y creo que la filosofía contribuye a hacerse de manera más cuidadosa esa pregunta. Aunque no practico ninguna religión creo que esa dimensión no se puede eliminar, la pregunta por la trascendencia siempre viene de múltiples formas. Hay que hacerle frente y pensar. La filosofía no riñe con las creencias religiosas, de hecho, los filósofos son bien conservadores y poco peligrosos.

DJ: Le agradecemos de nuevo por esta conversa, profesor Hernán Alejandro. Tiene usted las puertas abiertas de nuestra casa. Gracias.