ESA ES LA VIDA, AQUÍ SE SUFRE Y SE GOZA

Fotografía: archivo personal de autor

*Sebastián Montañez Cifuentes

Su familia vivió empobrecida pero juntos desafiaron el hambre con trabajo y humildad; en su casa siempre escasearon los recursos. Su padre, recuerda, murió como a los 60 años cuando ya las personas nos vamos volviendo niños, pero con un reguero de vida espichada entre los ojos y la espalda. Su vieja quedó a la deriva con un costalado de unos 13 o 14 hijos. A ella, a fuerza de voluntad, y con trabajo propio, le tocó darse maña para alimentar a sus criaturas y no dejarlas caer de pura hambre.

A medida de que su cuerpo se fue estirando, Arquímedes empezó a trabajar en lo que fuera para ayudarle a su viejita; la niñez se le salió entera por los brazos y las piernas, su rostro se fue curtiendo en los jornales por el rayo atroz del sol; sus manos se endurecieron y, entonces, ahí sí, con el sudor se llenó de querer y agradecimiento para velar por su madre.

Sin embargo, cuenta, solo pudo acompañarla hasta que casi cumplía la edad de aquellos que dejan la voz aguda por unas palabras graves, salidas de un joven que se estira con anhelos de degustar el mundo con las propias manos. A los 17 años Arquímedes se descubrió encantado por las sacudidas del alcohol y por el ánimo de desandar el cuerpo de las mujeres: “Me dieron unas ganas de abrirme y comenzar a andar”.

Arquímedes se echó a andar y conoció el Quindío, Caldas, Risaralda, Meta Cundinamarca, algo de la costa y una que otra parte de Boyacá. En Medellín del Ariari aterrizó su andanza porque “me hice amigo de los guerrilleros y del partido”. Conoció la guerrillerada cuando jornaleaba en los campos del Meta. Allí resistió al maltrato y humillación de varios patrones de la región: “soporté el comportamiento de los patrones, la humillación de que lo traten a uno no como a un ser humano sino como a un esclavo. Esa es la vida del trabajador en el campo; muy dura”. Por ese entonces quiso prestarles atención a sus camaradas y les preguntó con insistencia por las causas de su lucha. Ahí inició la comunión con la vida guerrillera. La idea de luchar por la dignidad de los menos favorecidos lo enamoró hasta que se convenció y decidió entrar a las filas de las FARC-EP: “Ingresé en el año de 1982; hasta el momento son 34 años y todavía sigo aquí”.

Arquímedes, luego de tantos años de guerra, sigue firme en sus convicciones aunque reconoce que los tiempos de la sangre ya tienen que ir pasando. Luego de los dos años en los que militó en el Partido Comunista, ante la persecución sistemática por parte del Estado y los grupos paramilitares, decidió arrancar para al monte. A pesar del talente de su vida clandestina, Arquímedes se ve a sí mismo como un hombre alegre; lo aburre la tristeza: “(…) he sido alegre toda la vida, antes de ingresar a la guerrilla he sido así: me gusta bailar, yo nunca vivo aburrido”.

Su insistencia en la alegría no le es suficiente siempre; le es imposible no recordar con tristeza los momentos más crudos de la guerra. En un bombardeo descomunal murieron asesinados 37 miembros de su familia. Para él, más allá de ser cómplices en el combate, sus compañeros y compañeras son, sobre todo, el hilo que teje el día a día de la vida guerrillera: “Estaba en un campamento en el Meta cuando empezaron a caer esas bombas. No se imagina lo que uno siente en esos momentos; es inexplicable todo el terror que esas bichas producen, un estruendo muy duro que cae del cielo. No hay tiempo ni para salir corriendo”.

Arquímedes, en todo caso, insiste en que su vida en las FARC-EP ha sido digna porque allá no ha vivido mal ni ha tenido que soportar la humillación de ningún patrón abusivo, a pesar de las circunstancias feroces de la guerra: “En estos 34 años que llevo de vida guerrillera nunca me ha parecido tan duro. He vivido amañado”. Cuenta que hay ocasiones en las que la tropa tiene que medirse porque a veces no se sabe cuándo se pueda volver a comer, sobre todo cuando hay enfrentamientos prolongados: “medirse tanto que toca comer sopitas, decimos nosotros. Sopitas de puchitos porque le echamos frijolitos, lentejas, pastica, un puñado de arroz (…), esa sopita se la come uno con agrado”. Arquímedes dice que en la guerrilla se sabe manejar el tema de la comida, porque se planifica para no dejar sin bocado a los combatientes. Sin embargo reconoce que cuando la guerra los embiste también saben aguantar hambre con paciencia.

En la guerrilla, cuenta Arquímedes, todo tiene que ser mancomunado; aprenden a vivir la cotidianidad como un sujeto colectivo tejido por la estima de cada uno de los guerrilleros y guerrilleras. Él pudo irse con los paramilitares a ganar un sueldo por su oficio de guerra, también pudo entrar al Ejército y hacer una carrera militar, pero él decidió irse para la FARC-EP. Dice que no ha ganado un solo peso, que no tiene propiedades ni grandes pertenencias, pero que, a cambio, tiene una conciencia social y una moral de lucha muy alta. Se ha formado en el Bloque Oriental de las FARC-EP, en el Frente 27 de las sábanas del Yari, y dice que no solo ha aprendido sobre la economía política de Colombia sino que, además, conoce de Cuba, Venezuela, Estados Unidos, China, Japón.

Para él, quien decide estar en la guerrilla es porque está convencido de su moral y su capacidad de lucha y transformación. La responsabilidad es personal pero, según Arquímedes, se debe desplegar en el trabajo y beneficio del colectivo: “Todo lo que se hace es así. Lo que se produce es para la guerrilla y lo que llega, es para la guerrilla y lo que se deje de hacer, culpables todos por no hacerlo. Esa es la vida, aquí se sufre y se goza”.

Arquímedes asegura que dejar las armas no es fácil para muchos porque se ha vuelto una costumbre y, sobre todo, porque tienen miedo de que los maten y no se cumpla lo acordado con el Gobierno Santos. También le da pesar dejar esa vida clandestina porque se acostumbró a la hermandad que tienen allá. Según él, son una sola familia: “Nosotros vivimos así; el de al lado es mi hermano y le tengo mucha confianza, es una persona con la que se puede salir porque le ha tocado también las buenas y las malas”. Más allá de las armas, Arquímedes se preocupa por la vida en colectivo que han construido durante todos estos años, pues está pendiente de lo que se decrete con el nuevo partido para saber cómo va a hacer de ahora en adelante su participación: “en adelante ya toca la unidad del partido, seguir trabajando y luchando por la sociedad… con el pueblo”.

“Ya tengo hijos y ellos seguramente me van a venir a buscar”, dice con una pausa traída del pasado. Él quiere trabajar el campo en colectivo con sus compadres de lucha y resistencia guerrillera; quiere ser parte de la vida civil y de la familia campesina, contribuir con su trabajo y persistencia a la transformación de un país un tanto distinto. Sabe que es una tarea ardua pero todavía a sus 61 años confía en sus sueños: “hay que hacerle con fuerza, hay que verdaderamente llegarle a la gente (…). Tenemos la experiencia, durante los 52 años de lucha hemos sido partido”. Arquímedes solo espera que no lo vuelvan a perseguir por querer una Colombia distinta, porque ya sabe cómo son las trochas de las armas, y está convencido de que este país merece, por fin, otro camino distinto al de la sangre. Espera, pues, se les respete la vida.

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En un intento por develar quiénes son las personas que se ocultan bajo la coraza de combatientes de los grupos armados ilegales en Colombia, el Equipo Colombiano de Investigación en Conflicto y Paz (ECICP) y el colectivo Don Jumento, pública a continuación una primera serie de crónicas con el propósito de conocer y divulgar los relatos de vida de estos hombres y mujeres.

En esta oportunidad el equipo de comunicaciones del ECICP viajó a la X Conferencia de las FARC-EP, realizada en los llanos del Yarí en septiembre del 2016. Allí entrevistaron a combatientes de diferentes frentes con el objetivo de conocer las historias de carne y hueso que se encuentran detrás de quienes han estado combatiendo en la guerra.

Muy amablemente los combatientes recibieron a los visitantes en su espacio más íntimo del campamento: la caleta. Allí se despojaron de cautelas y desconfianzas para narrar, desde sus experiencias particulares y colectivas, una vida que desde la niñez ha estado determinada por desafíos, sacrificios, anhelos, violencia, temores y expectativas.

Las entrevistas estuvieron coordinadas por el Historiador-Investigador Yefrey Valbuena.

*Profesional en Estudios Literarios, Magister en Creación Literaria, Docente Universitario, Fotógrafo, Investigador del Equipo Colombiano de Investigación en Conflicto y Paz (ECICP).