UNA ENSOÑACIÓN SOBRE LA TRANSICIÓN ENERGÉTICA

*Daniela Sierra Navarrete

En un ocaso, impulsada por un motor que funciona con diésel a 77 km/hr, tras andar una hora extendida por la Ruta del Sol en la parte norte del Magdalena Medio —entre Aguachica y San Martín César—, contaba yo en ambos lados de la carretera siluetas y siluetas de la extensa palma africana.

Cuando leí el letrero de “San Martín” a la llegada del pueblo, recordé la posibilidad de que allí, en pleno corazón de las planicies inundables del valle medio del río Magdalena, se pueda hacer exploración y explotación no convencional de gas y petróleo.

La mirada se hizo amarga y la desazón se volvió nostalgia. Concentrada en el reflejo de la ventana, dejé que mi cabeza se esfumara en un recuerdo.

Por esas mismas planicies, navegando entre caños y ciénagas, y atravesando los dos brazos del río que se forman para darle silueta a la isla de Morales en el sur de Bolívar, se llega a las trochas que conducen desde los playones hacia las estribaciones de la Serranía de San Lucas. Montañas que se enraízan por el este desde el valle medio del Magdalena para finalmente sumergirse por el oeste en el valle bajo del río Cauca.

Ahí, entre vetas de oro e inexpugnables bosques húmedos tropicales, persiste una finca de nombre “Florida”. La Florida es la única finca de la región con luz ¿Cómo le hicieron?

Bogotá, 1925.

Un empírico ingeniero dedicado a la carpintería se enfrentó a un problema: no tenía cómo mover los motores usados cotidianamente para operar las herramientas con las que construía los canapés 1, befes 2 , escaleras, camas, puertas, lámparas y mesones. Las élites santafereñas de principios de siglo XX adornaron sus casonas con aquellos muebles, en el barrio La Candelaria.

Enfrentado a este problema, el carpintero dedicó días enteros para observar cómo funcionaban los molinos de trigo impulsados por la fuerza del agua que descendía entre los cañones de los ríos San Francisco y Fucha. El líquido vital golpeaba de frente las aspas para conducir su energía hasta un torniquete que dinamizaba el movimiento de los discos de roca, entre los que el trigo —giro a giro— era molido. Concluyó que una sola fuerza no garantizaría el funcionamiento constante de sus herramientas.

Empecinado en resolver su problema, este ingenioso hombre se dirigió a los molinos de viento que funcionaban en plena sabana, y se percató de que sus aspas no estaban de frente sino adyacentes a los varios vientos que soplan desde los Cerros Orientales. Tampoco esta fuerza servía a sus fines, sin embargo, decidió comprar un juego de estas aspas y atesorarlas.

Los avatares de la vida lo aventuraron a Sasaima, Cundinamarca en 1946; iba tras una finca ubicada en el río Icalí. ¡Agua con corriente! Esta era su única condición para comprar un nuevo predio. Durante un año, dedicó todas sus madrugadas a medir la cota máxima del nivel del agua en la ronda del río.

Con todos los datos en su cabeza construyó una base de “material” en un área, según sus cálculos, precisa. Puso como tarea a Humberto, su hijo mayor, la construcción de unos cajones de madera, cuyas dimensiones debían ser del mismo ancho de aquellas aspas atesoradas, con una profundidad y altura de 50 cm cada una. Entre tanto Pedro el carpintero, torció las aspas para que se dispusieran de manera perpendicular a la corriente del río.

Cada cajón fue cuidadosamente ubicado en el extremo de cada aspa. La estructura montada sobre la base, y luego, acoplada a lo que alguna vez fue el eje de la dirección de un camión lechero. Todo se hizo cuando la cota del agua no llegaba al nivel de la base. Una vez conectado el eje del camión a un dinamo que hacía las veces de “multiplicador de revoluciones”, y éste a una batería, el carpintero esperó con paciencia a que el agua subiera hasta la cota de la base de material.

Veintidós años pasaron para que Pedro lograra concretar su idea. Fue en el “abril lluvias mil” del año 47 cuando la rueda —llamada desde ese entonces “hidráulica”—, empezó a girar, girar, girar y girar para darle a su taller la energía de dos fuerzas: una, la del golpeteo del agua; otra, la de su peso en cada cajón.

La aventura del ingenioso hombre se heredó. Fueron sus hijos quienes se anduvieron hasta el sur de Bolívar, y hoy, con la corriente de la quebrada la Zorra, la hidráulica de los Sierra le da energía a la Florida.

Esa nostalgia de sabor amargo reflejada en la ventada de un bus impulsado por un motor diésel, emparejó con el dulce sentimiento que deviene de la esperanza. La posibilidad de otros mundos está latente. La ensoñación de Pedro se hizo criterio y argumento; transformó su existencia.

Las ideas se heredan y es por voluntad humana que se concretan. Son hoy miles de personas empíricas que en el día a día resuelven su abastecimiento de energía. Miles de observadores han pasado por la tierra y han dejado como legado diversas maneras de resolver los problemas que se derivan de la necesidad mecánica y compleja de darle movimiento a las invenciones.

Si el conocimiento está en el pueblo, es ahí, en donde se resuelve la matemática y se obtienen resultados. Miles de hectáreas de palma no son necesarias; tampoco lo es perforar la roca madre para sacar de ellas fluidos que se han sintetizado como producto de millones de años de actividades químicas y geológicas.

La necesidad de petróleo, biocombustibles derivados de infinitas extensiones de agroindustria o el represamiento de millones de litros de agua, no es una consecuencia del desabastecimiento local de energía; Colombia tiene suficiente para abastecerse. Los motivos usados en procesos de licenciamiento, se disfrazan con números para dar contenidos técnicos a unos argumentos, que realmente, responden a la lógica que se ha heredado del espejismo del “progreso”, “el desarrollo” y “el crecimiento económico ilimitado”. Los beneficios de estos licenciamientos no son locales; sus costos ambientales y sociales sí.

Resolver hoy el abastecimiento local de energía es tarea de seres inteligentes y sensibles: es la hermosa posibilidad de crear a partir de los movimientos que nos regalan el agua, el viento y el sol.

  1. Las sillas que las abuelas usaban para acicalarse en frente de los tocadores.
  2. Los muebles usados para guardar las vajillas de cerámica y vidrio que iban en juego con el comedor en el que solían reunirse las grandes familias en eventos importantes.
*Antropóloga,Investigadora de la Fundación Alma.