TODO SE DESMORONA

Jefrey Balbuena

Equipo Colombiano de Investigación en Conflicto y Paz (ECICP)

Fotografías: archivo personal del autor

La abuela paulina “ina” como la llaman cariñosamente sus vecinos y sus hijos, se mece lentamente en su mecedora, una tarde de cielo gris en el municipio de Bellavista, Chocó. Atrapada por los recuerdos -entre la nostalgia y la amargura-, recuerda una vida, un pueblo y un río que hace tiempo no son los mismos. El silencio es su cómplice, el único que la acompaña en la soledad de sus angustias, y que al mismo tiempo le cura los dolores del alma por una tierra que ya no le pertenece pero a la que se aferra, volviendo a su infancia, para recobrar la felicidad de los viajes por el Atrato. Ese río que su padre navegó muchas veces, el que ella busca con terquedad, pero que solo puede encontrar en algún recoveco de su corazón.

“Papá nos llevaba a Turbo a vender plátanos y todo lo que podíamos sacar de los cultivos de la finca que teníamos en el monte. Navegábamos varias semanas por el Atrato desde acá de Bellavista para poder llegar a Turbo. Era un recorrido muy lindo, nos demorábamos como dos semanas para llegar al golfo. Eso hace ya más de setenta años. Cuando por fin llegábamos, Papá empezaba a vender o a cambiar comida por productos como jabón, ropa y esas cosas. Así mismo se traían mercancías que de regreso se comerciaban con la gente del pueblo y sus alrededores, o que se llevaban a Quibdó para ser vendidas allá. En esas épocas todavía existían los bogueros que eran los que hacían navegar con su fuerza la champa que nos llevaba hasta el mar. No nos faltaba nada, éramos pobres, pero éramos felices, no teníamos lujos, pero teníamos lo necesario para vivir”, afirma doña Paulina mientras la mecedora continua con su vaivén.

Escenas como estas, son las memorias de las abuelas y abuelos que han visto como su hogar, lentamente, se ha convertido en uno de los escenarios más crueles de la violencia desatada por la confrontación armada en el país. Estos ancianos, son la memoria viva de una región que desde hace dos siglos ha estado en la mira de los grandes capitales nacionales y extranjeros debido a la abundancia de los recursos naturales y biológicos que allí se encuentran, y por los cuales todos pelean. Basta ver su historia, o simplemente, consultar la prensa estos últimos meses, para dimensionar la voracidad con la que los grupos armados ilegales se han lanzado sobre los territorios que controlaba las FARC, con el único fin de apropiarse de las rentas generadas por el control y explotación ilegal del oro y la coca; además por la regulación de los corredores para sacar droga y traficar armas de todo tipo. Circunstancias que permiten la cohesión y el control sobre las comunidades que habitan en las orillas de innumerables ríos, pero principalmente del Atrato, el San Juan y el Baudó.

Pero hablar de Chocó o denunciar lo que pasa en el pacífico colombiano, parece ser un grito al vacío que nadie escucha: ¡Que mire que están desplazando!, ¡que mire que están masacrando!, ¡que mire que están contaminando los ríos!, ¡que mire que están talando!, ¡que mire, que mire!… pero nadie se toma la molestia de voltear a ver. ¿A quién le interesa ese paraíso del demonio, tal cual como lo nombraban en el siglo XVIII? Está claro que a muchas personas. Pero no por las razones que deberían ser, sino porque el Chocó biogeográfico, esa gran subregión que se extiende desde los límites con panamá hasta Esmeraldas Ecuador, ha sido el lugar predilecto para saquear todas las riquezas que allí existen.

El avance de los colonos de las cordilleras (los “paisas” todos aquellos que no son ni negros ni emberas), acompañados de motosierras y retroexcavadoras para talar bosques y sacar oro, son actualmente la amenaza más grande que enfrenta el Chocó. La contaminación de los ríos por la extracción ilegal del deseado metal ha puesto en jaque no solo la soberanía alimentaria de las comunidades, sino también, toda la historia de dos pueblos conectados profundamente con sus ríos y sus montes. La riqueza cultural y material de los afros e indígenas está en grave peligro de desaparecer. Si se mueren los ríos, la vida en todas sus dimensiones también morirá. Y terminaran, como ya lo están en muchos lugares del Chocó, siendo mano de obra barata que explota y destruye su propia tierra a nombre de algún patrón extranjero o nacional.

Es necesario entender que para la prosperidad del pueblo chocoano la protección de sus ríos y afluentes no da espera, ya que sobre estos descansa toda la cultura material y espiritual de las comunidades negras e indígenas. El Atrato es la principal vía de comunicación y de asentamiento humano gracias a su riqueza mineral y faunística. Los diferentes grupos indígenas presentes desde tiempos inmemoriales ven en sus cauces, sus quebradas, sus nacederos, etc. una divinidad protectora que guarda el secreto de la vida y de su propia existencia. Los otros, los que no fueron invitados, los que fueron obligados, aprendieron a interactuar rápidamente con los dueños originales de estos inmensos bosques. Los indios les enseñaron a andar sobre sus aguas en Champas y, poco a poco, esclavizados, cimarrones y sus descendientes conocieron también los secretos de sus selvas, complementados con los saberes que traían de África.

Aunque la Corte Constitucional declaró al Atrato como sujeto de derechos y ordenó su protección, conservación y descontaminación en menos de un año, no bastará con que legalmente el río tenga derechos mientras persistan las dragas, las retroexcavadoras, el mercurio y el cianuro en sus aguas. Además, no podemos seguir volteando la mirada ante una clase política igual o peor de corrupta que la de sus colegas del centro del país, y ante unos grupos armados ilegales llámese Eln o Autodefensas Gaitanistas que explotan sin la más mínima vergüenza los recursos naturales de ese grandioso departamento. Maravilloso este, sobre todo, por su capital humano y natural. Esperemos que ojalá se pueda concretar el proceso de paz con los guerrilleros del Eln y el Estado, por fin, tenga una política seria para desarticular el paramilitarismo. De este modo, la intensidad del conflicto podrá disminuir en los ríos del Chocó. El problema será, como ya lo sabemos todos, que los paramilitares seguirán movilizándose y controlando a sus anchas esos territorios sin ningún tipo de presión por parte del estado.

Han pasado siete años desde que tuve la oportunidad de conocer a doña Paulina allá en Bellavista y escucharla hablar sobre la historia de su pueblo y de su rio. No sé si todavía esté viva, si se siga meciendo en su mecedora y buscando en el horizonte, esa vida, esos vecinos que ya no están. Mientras tanto, el Atrato sigue su curso, por él navegan la memoria de dos pueblos, las angustias del presente y los lamentos de un río que lentamente muere.

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Posdata. Todo mi cariño y respeto a la Dioscesis de Quibdó, las organizaciones sociales que luchan por la defensa y autonomía de su territorio, las misioneras agustinas en Bellavista, las zonas humanitarias del Bajo Atrato Esperanza en Dios y Nueva Vida; ellos y ellas siguen resistiendo con dignidad.

El título de este articulo hace referencia a una magnifica novela con el mismo nombre del escritor nigeriano Chinua Achebe. Es la historia de la desaparición de la nación Igbo en el siglo XVIII a raíz de la llegada de los cristianos europeos a sus territorios.