SE NOS LLEVARON A NUESTRO VIEJO

Magdalena

Yo nací en Bogotá, el 4 de enero de 1992 y soy la mayor de dos hijas. Estudié en un colegio privado de clase media, fui a la universidad y me hice profesional. Él nació en Buga, no se acuerda en qué fecha. Por ser el menor en la casa sus papás le soltaron las riendas y cogió malos pasos cuando niño; su nombre de guerra es David.

La tristeza más grande en mi vida ha sido la muerte. Él nunca había sentido una tristeza como esa en su vida guerrillera, eso fue algo muy duro y no se lo desea a nadie; es como si hubiera perdido toda su familia. Si no fue lo mismo, al menos fue algo muy parecido cuando perdí a mi padre. A David y a mí nos humilló la muerte llevándose parte de nuestras vidas. Él no encontraba qué hacer, inclusive duró como ocho días en que dijo: “se acabó la guerrilla, pensé que se moría el camarada y se acababa la guerrilla”. A mí no me quedó nada, me había vaciado toda y adentro pareciera no habitar la vida. ¡Y no! “Se nos llevaron nuestro viejo, y nuestra lucha siguió; antes con más empuje”. La muerte de Jorge, su camarada, le dio muy duro a toda la guerrillerada. Yo perdí a mi padre y él a su camarada.

Cuando lo mataron, él estaba cerca, como a veinte minutos. Todo el mundo se encontraba durmiendo. El traqueteo de las bombas y el bullicio del plomo inundaron sus sueños. Fue un bombardeo masivo a las dos de la mañana. Los guerrilleros tomaron puesto en los filos como parte del plan defensivo frente a cualquier ataque enemigo.

Inmediatamente entraron en combate esa misma noche y pelearon durante tres días. La muerte de Jorge Briceño, su comandante, le dolió en el alma “porque un viejo con sentimientos como ese no encuentra usted en la guerrilla. Era un tipo muy tropero y ejemplar; era un tipo muy humano y nos trataba muy bien”.

Mi papá tenía un carácter duro, fue el consejero mayor de la familia y recuerdo que era guapito para las bromas: su corazón fue inmenso y generoso. David recuerda que un regaño del comandante Jorge era como si les estuviera echando un chiste, porque los regañaba con la intención de formarlos no con la intensión de burlarse, él se dedicaba a sacarles cuentos para hacerles dar pena y hacerlos caer en cuenta.

Cumplí catorce años y entré a noveno grado. Cuando salía de clase, a veces, hacía planes con algunas amigas cerca de mi casa. Yo vivía con mi hermana y con mi mamá. Su hermana vivía con un señor que tenía su casa por los lados del Meta. Un día que ella volvió a donde sus papás, él le dijo que se quería ir con ella; que quería vivir por allá. Eso fue cuando cumplió los catorce años y entonces arrancó para Puerto Toledo; por esos días ya habían empezado las malas mañas: David acostumbraba a llegar tarde a la casa y a no ponerle cuidado a nadie. Su mamá sufrió mucho; le decía que no se fuera para la calle, que allá iba a coger malos vicios, como efectivamente los estaba cogiendo. Una vez le dieron a probar la tal marihuana esa.

La situación lo motivó a irse de la casa para no hacer sufrir más a su familia. A los catorce y medio ya andaba con la guerrilla. Según recuerda David, los carros, las motos y las armas que cargaban lo cautivaron de inmediato. “A mí también me gustaban las armas, no fue difícil tomar la decisión, porque aquí es muy rarito el que ingrese sabiendo por qué es que se combate en las FARC, uno tiene que tener unos 20 o 25 años para ser consciente de la lucha y las motivaciones para tomar las armas”.

En mi casa siempre lo primero fue el estudio. Recuerdo que mi padre decía que los novios solo podían llegar cuando terminara la universidad, pero qué va, el primero que tuve me lo cuadré a mis quince años, cuando estaba por entrar a once. Cuando David ingresó lo llevaron a una escuela básica; fueron seis meses de entrenamiento. En esos seis meses, dice, lo primero que hacen es darle estudio y lo último es darle un arma. Recuerdo que cuando salía a la finca con mis primas yo era la más mala para caminar, siempre me caía y llegaba de últimas. A él le costaba caminar y prefería estudiar porque las caminadas eran muy duras. Pero ya se ha acostumbrado, y todos los recorridos que ha hecho con la guerrilla en los diferentes departamentos los ha hecho a pata. Pasó por el Huila, el Caquetá, el Meta, parte de la Serranía de la Macarena, Arauca, Puerto Arturo y la frontera con Ecuador. Cada marcha con su anécdota y sus historias.

El 12 de mayo de 2010, en un combate que duró como hora y media, perdió su brazo. Fue un ataque de pura contraguerrilla que operaba en La Julia, en la vereda Montañita. En la retirada escuchó una bulla detrás de unos palos, pero no le prestó mucha atención. Siguió caminando, pero al volver a escuchar el ruido más cerca voltio a mirar y ya le estaban descargando seis balazos que le deshilacharon el brazo izquierdo. “Pero mirá que en ese momento yo no sentí nada, sentí el cuerpo caliente mas no sentí dolor, inclusive me vine a dar de cuenta que me habían tiroteado el brazo como a los veinte metros cuando miré que lo tenía todo despedazado”. Así siguió andando hasta encontrarse con su gente. Cuando se percataron que estaba muy herido lo socorrieron y lo llevaron donde el médico. “El brazo me lo amputaron porque no lo pudieron reconstruir y mirá que en ese instante mi sensación fue de solo risas”.

A él y a mí nos une una historia: la muerte tocó la puerta de nuestras vidas y, por momentos, a ambos nos fue jalando. Hoy, sin embargo, él y yo compartimos la alegría de la esperanza. Él, en algún momento, podrá reencontrarse con su familia y asistir al Campin para ver a su Santa Fe. Yo, por mi parte, seguiré saltando los abismos y las esperanzas de la vida.

___________________________________________________________________
En un intento por develar quiénes son las personas que se ocultan bajo la coraza de combatientes de los grupos armados ilegales en Colombia, el Equipo Colombiano de Investigación en Conflicto y Paz (ECICP) y el colectivo Don Jumento, pública a continuación una primera serie de crónicas con el propósito de conocer y divulgar los relatos de vida de estos hombres y mujeres.

En esta oportunidad el equipo de comunicaciones del ECICP viajó a la X Conferencia de las FARC-EP, realizada en los llanos del Yarí en septiembre del 2016. Allí entrevistaron a combatientes de diferentes frentes con el objetivo de conocer las historias de carne y hueso que se encuentran detrás de quienes han estado combatiendo en la guerra.

Muy amablemente los combatientes recibieron a los visitantes en su espacio más íntimo del campamento: la caleta. Allí se despojaron de cautelas y desconfianzas para narrar, desde sus experiencias particulares y colectivas, una vida que desde la niñez ha estado determinada por desafíos, sacrificios, anhelos, violencia, temores y expectativas.
Las entrevistas estuvieron coordinadas por el Historiador-Investigador Yefrey Valbuena.