RITUAL

*Isabela Sanroque

En su segundo diciembre como civil, incorporó la tradición de depurar el closet, organizó los cajones, se deshizo de objetos innecesarios. Cuando llegó a la mesita de noche, encontró las cartas que durante meses no había querido detallar, sintió que la nostalgia le invadía los poros de nuevo, “son fuertes las mujeres tauro” repitió varias veces. Era como abrir el cajón de los recuerdos, era como echar sal en una herida.

Consciente de que esta era una prueba más, decidió asumirla, pero antes de hacerlo, evocó uno de los momentos más difíciles de su vida.

Doce años antes, Cristóbal, su primer gran amor, socio y compañero, fue asesinado por el ejército. Al pernoctar unas semanas después de su muerte, en ese campamento, estando ella en servicio de guardia, se dirigió a la caleta que compartían juntos, apretó en sus manos un puñado de tierra y hojas secas, lloró silenciosamente; y en ese instante de dolor profundo, se prometió -una vez más- sobrellevar el duelo con su trabajo consagrado a la revolución.

Pasaron en su vida un sin número de situaciones extrañas y complejas, se hallaba ahora frente a las cartas de su segundo amor; papeles que contenían canciones, prosas, mensajes tiernos que se traducían en promesas que el viento se llevó. Sintió el mismo nudo en la garganta, y que solía tener unos meses atrás; constante, agridulce.

Lloró inevitablemente mientras escuchaba las canciones de Chavela Vargas y Pedro Infante. Las de Antonio Aguilar no, porque era uno de los favoritos de aquel que le rompió el corazón.

“No pararé… 
Hasta ver que mi llanto ha formado… 
Un arroyo de olvido anegado… 
Donde yo tu recuerdo ahogaré”

Mientras observaba la guacamaya de madera que posaba como péndulo en su lampara, reafirmó la idea de que a otra mujer le cantaría románticamente, y le conectaría con la metáfora de algún animal, o con el universo entero.

Ya no le importaba demasiado, se sentía más plena con su propia rosa, la de su partido.

*Exguerrillera, integrante de FARC