*INVISIBLES A LO LEJOS

**Daniel Molano Cure

Yo nací en el municipio de Saboya, Boyacá, el 17 de diciembre de 1937. Viví toda la infancia en mi pueblo, sembrando y cultivando lo poco que esa tierra árida podía dar, hasta que en 1955, el 15 de marzo, me vine buscando mejor suerte a Cabrera con un tío mío, pues casi toda mi familia se había asentado allí un par de años atrás. Hasta ese entonces nunca había salido de mi municipio natal, tal vez a los alrededores, pero no por allá tan lejos.

En ese tiempo el bus gastaba de Bogotá a Cabrera una eternidad. No recuerdo el tramo inicial, pero creo que fue por Sibaté hasta Fusagasugá. La última parte de la carretera sin pavimentar, por el municipio de Pandi, se extendía como serpiente entre la montaña y el abismo formado por el río Sumapaz. Recuerdo que llegamos a Cabrera ya en oscuriclaro y salimos como a las siete de la noche del pueblo en dirección a la casa de mis parientes, en un sitio que se llama La Sierra, en la vereda Santa Lucia, bien arriba en la montaña.

Además de mis familiares, había mucha gente de otras partes del país, especialmente de Santander y Boyacá, quienes llegaron a la región atraídos por la bonanza cafetera de principios del siglo XX, pero otros muchos, la mayoría tal vez, escapando de la intensa violencia bipartidista sucedida después del asesinato de Gaitán. Aunque mi familia fue víctima de los rigores de la guerra por su filiación liberal, tengo entendido que llegaron a Cabrera por necesidad económica y no por represión directa de los conservadores, pues las tierras que trabajábamos en Saboya no daban pa´comer.

El café no era el principal medio de subsistencia en Cabrera a pesar de ser muy importante en la economía de Cundinamarca y el oriente del Tolima. La mayoría de los habitantes de este municipio se dedicaban al aserrío cuyo producto se comercializaba con Fusagasugá y Bogotá; la agricultura, más bien poca, solo era para el autoconsumo e intercambio local. La situación era muy difícil, pues se carecía de todo lo que tenemos en la actualidad: no había carreteras veredales, no había ninguna luz, no había ningún acueducto, no había nada. Únicamente caminos de herradura que se extendían a lo largo y ancho de la montaña, invisibles a lo lejos. Los caminos, junto con los servicios públicos, llegaron con Juan de la Cruz Varela.

Pasados como 17 días después de llegar a Cabrera, estábamos donde un tío desyerbando un cultivo de maíz que él tenía junto con otros familiares míos, cuando de pronto cruzó una avioneta aparentemente militar arrojando chapolas en varias direcciones. Salimos corriendo a ver que podíamos encontrar, y por allá lejos de la finca en un campo desmontado logramos coger una chapolita con muchos volantes: “Declarada Zona de Operaciones Militares -Icononzo, Pandi, Melgar, Carmen de Apicalá, Cunday, Villarrica, Cabrera y Ospina Pérez-”. La angustia y la zozobra eran evidentes, parecía que la gente ya intuía lo que iba a pasar. Unos días después, en Semana Santa, vimos cómo de a pocos se iba llenando el pueblo de soldados. Eso era lleno de muchachitos uniformados con fusiles casi de su misma talla que no tardaron en desplegarse por la región montando retenes, pidiendo salvoconductos y deteniendo a todo aquel que fuera sospechoso de rebelión.

Entonces la gente echó hacer reuniones y discutir la necesidad de defenderse, de armarse de nuevo para no ser asesinados como venía sucediendo desde hacía más de veinte años atrás; primero por los hacendados y terratenientes que no permitían la ocupación de tierras baldías, después por los conservadores Chulavitas contra todo campesino liberal. Apareció gente por allá del Tolima, Cundinamarca y el Huila. Se formaron grupos de campesinos orientados por antiguos guerrilleros liberales y algunos otros que hablaban ya de comunismo, y comenzaron a organizarse y a montar puestos y trincheras en la codillera que rodea Cabrera para defenderse, y no permitir que el Ejército subiera en dirección al páramo, pues la orden dictada a los soldados era tirar a matar; no querían guerrilleros vivos, no estaban dispuestos a cumplir la amnistía decretada en el 53. Eso siempre se demoró como dos meses sin dejar salir al Ejército del pueblo. A penas salían a contestarle donde estaba la guardia y de ahí pa` arriba no subían.

¡Lo difícil de la defensa era que no había con que defenderse! Se lograron conseguir como cuatro fusiles de otras organizaciones de la región que no habían entregado sus armas durante la firma de la amnistía, pensando que el gobierno no cumpliría con su palabra. El resto de armamento estaba compuesto por escopetas de cartucho, de fisto y revólveres, con eso hicieron frente al Ejército un poconón de tiempo en esta cordillera. Cuando no los dejaron subir entonces vino la aviación y principiaron a bombardear todo el filo, ahí donde estaba la guerrilla, en todos los puestos que habían construido para la defensa. Solo así lograron que salieran de sus puestos y retrocedieran en dirección al páramo. Ahí todavía quedan las huellas de los bombardeos y las trincheras. Eso fue hasta julio. Después la gente empezó a irse pues hubo muchas muertes, muchas matazones, mucha cosa salvaje por parte del Ejército. En ese tiempo la organización era muy difícil, había gente que no estaba bien preparada, muy inexperta, y solo pensaban en su supervivencia personal y no en el contexto en el que se encontraban. No pensaban en la comunidad.

A raíz de esa situación me tocó ocultarme con mis familiares en el cuartel que tenía la guerrilla en la vereda Santa Lucia. Nos quedábamos allí unos días hasta que me enteré que varias personas ajenas al movimiento, entre ellos varios niños, mujeres y adultos mayores, iban a ser evacuados para evitar más asesinatos y poder ser más efectivos a la hora de resistir los ataques del Ejército. Uno de ellos, Don Pablo, era amigo cercano de mis familiares, y tenía pensado devolverse para Boyacá. Entonces me avisaron que me fuera con él, pues yo era muy inexperto y temeroso para la guerra. No servía para eso.

Me acuerdo que en el cuartel donde me tenían había un señor, un comandante, hasta buena persona, que se llamaba Chaparral. Fui a hablar con él para que me diera permiso para evacuar por la vereda Santa Rita aprovechando que mis tíos tenían una finca allí llamada Agua Bonita. El hombre aceptó y me firmó un papelito de identificación para mostrarle a los guerrilleros que estaban montando guardia por el camino que tenía que cruzar y así evitar que me pelaran por equivocación. Pero me tocó irme solo y sin conocer esas tierras, pues don Pablo tenía asuntos que resolver antes de salir de la región.

Afortunadamente recordé que mientras estuve en La Sierra, a donde originalmente llegué, me mostraron la ubicación de la finca y alcancé a ver un claro con tres árboles altos que me permitieron ubicar el camino y servir como punto de referencia para no perderme. La despedida fue traumática, no entendía la razón de devolverme solo mientras que mis tíos y hermanos se quedaban enfrentando la muerte. Ellos decían que no podían abandonar, por ahora, lo poco que habían conseguido en los últimos años. Que resistirían el ataque del Ejército hasta donde les fuera posible.

Llegó el día y empecé andar. Crucé mucho rastrojo y demoré más de medio día en llegar al claro con los árboles que ya había visto desde lejos. Cuando de pronto llegué al sitio y me encontré el otro cuartel: -“¡Ay juemichica! ahora me friegan”-, pensé. Los guerrilleros me vieron, me detuvieron y me preguntaron qué pa´ dónde iba y de dónde venía; yo respondí y les mostré el papelito firmado por Chaparral, y en seguida me dejaron pasar. No me dieron instrucciones de la ruta que debía seguir, pues ellos tampoco conocían la región, pero me dijeron que ya no encontraría protección contra el Ejército, así que viajaba bajo mi propio riesgo. Yo seguí orientándome mirando el monte donde vivíamos. Donde veía los claros yo me orientaba. Hasta que logré llegar a la casa, eran más de las cuatro de la tarde y no había comido absolutamente nada.

Me estuve en Agua Bonita como tres días esperando a que don Pablo organizara el viaje y llegara por mí. Fue una situación difícil porque no tenía mucha comida, ni abrigo y estaba completamente solo. Al tercer día llegó don Pablo con un grupo de dos mujeres y tres niños que iban para Bogotá, y arrancamos por el filo de Santa Rita para salir a Paquilo, otra vereda de Cabrera. Pero justo el día que llegamos a Paquilo hubo un bombardeo tremendo. Recuerdo que una avioneta cruzó arrojando bombas sin piedad, algunas de esas cayeron como a cien metros de donde nosotros nos encontrábamos. Nos tocó resguardarnos al pie de un palo que diera sombra pa´ que la avioneta no se diera cuenta que estábamos escondidos. De hecho creo que se las votaron a unas vacas pensando que eran guerrilleros, pues volaba ganado por todos lados. Varios minutos después pasó la bombardeada, pero esperamos hasta que empezó a ponerse el sol para salir de nuestro refugio y seguir la ruta en dirección al páramo.

Esa noche nos quedamos en Paquilo donde unos señores Vargas, quienes nos dieron comida e instrucciones para seguir moviéndonos sin ser detectados. Al otro día, a las cuatro de la mañana, salimos de ahí y cogimos camino hacia Fusa. Eso salimos por el páramo para bajar a Fusa porque la carretera que bajaba hacia Cabrera estaba toda militarizada. Fue salvaje porque allá en Fusa tocaba entrar apenas en la hora que fuera a salir el bus, e porque los militares tenían un cuartel general en esa ciudad y a don Pablo lo conocía todo el mundo allí. Él no podía acercarse porque inmediatamente lo cogían. Parece que tenía orden de captura.

Bueno, eso fue una tragedia muy salvaje. Dormimos por allá en el páramo, en mitad del páramo. Nos dieron posada en una casita por allá cerca al río Pilar. Al otro día, a las 7 de la mañana, arrancamos. Llegamos a Santa Lucia una vereda de Fusa como a las 6 de la tarde. y ahí nos quedamos. Durante todo el trayecto por el páramo me tocó andar descalzo, imagínese, ya las alpargatas se me acabaron por el camino, eso no quedó nada. Y el agua fría que le chispaba a uno por las piernas en todo ese pantano, diosito lindo, eso se me rayaron esas piernas como si hubiesen sido tajadas con cuchillas. Ya por la noche me regalaron un limón para que me echara y amanecer mucho mejor. Yo en pura carrera cogí ese limón y tas tas tas tas, pero casi me vuelvo loco. Yo brincaba, yo gritaba, eso no sabía qué hacer, zapateaba, corría y chillaba. Funcionó porque al otro día amaneció como chamuscado, pero eso dolía a lo que uno caminaba porque se partían esas costras y me dolía muchísimo.

Y nos fuimos, salimos como a las 7 de la mañana a Fusa. A las 12 del día llegamos por ahí cerquita a la Iglesia donde había una toma de agua y nos bañamos y cambiamos. Pero yo iba descalzo y la camisa que tenía se le habían caído los botones. Don Pablo me dio como 5 centavos y me dijo: “vaya y cómprese unos ganchos allá en el hato de la iglesia que ahí venden”. Como no me conocían podía entrar a comprarlos; él me espero. Llegamos y embarque el bus para Bogotá. Cuando ya salimos de Fusa, dijimos: “nos libramos, ya estamos libres”. Nos quedamos ahí y al otro día madrugamos y nos fuimos pa´ mi tierra, pa´ Saboya. Esa es la historia de esa época.

* Esta crónica hace parte de un trabajo de investigación, basado en conversaciones a profundidad con las personas que vivieron el proceso de poblamiento en la región del Sumapaz.  
**Antropólogo y fotógrafo