FLORECER EN LA ADVERSIDAD

*Daniela Sierra Navarrete

Sobre la adversidad

Cuando la luna se llena o cuando está nueva, hace más frío. Estamos en Los Andes y aquí, cuando hace frío, el suelo se cuartea. Puede ser glaciar, puede ser roca, puede ser tierra: un viento frío y seco, cuartea.

Cuando la luna se llena o cuando está nueva, menstruamos. En la luna, nuestro útero y caderas, se cuartean. A veces lo hace también el pensamiento. A veces el alma. Duele el recuerdo, duele la ensoñación pero, sobre todo, duele el frío, y duele desde bien adentro.

La adversidad como escuela

Pero en menguante y creciente, todo se mueve. La sabia sube, la sabia baja y, en ese movimiento de fluidos, aparecen flores y a veces, frutos. Claro, no solo depende de la luna; depende de ciclos más largos: vientos, lluvias, sequías. Depende pues, de la época del año. Para florecer es preciso fortalecerse desde adentro, y para fortalecerse desde adentro, necesitamos a la luna.

Del glaciar cuarteado, escurre agua manantial.

Por la roca cuarteada, se filtra el agua gota a gota, hasta formar una escorrentía, que en la parte inferior de la escalera andina va fluyendo como un bravío río.

Por la tierra cuarteada, en un encuentro químico hecho montaña, agua y tierra le dan paso a la vida. Tarwi[1], Frailejonas, Margaritas, Quenuales[2], florecen para recordarnos que estamos escalando a la casa de las diosas andinas.

Florecer andino

Como a la montaña andina, nuestra luna viene en ciclos cortos a recordarnos que nuestro poder sale desde adentro. Transitar como mujer andina es tener los ovarios tan templados como sensibles. Como los Quenuales, podemos florecer para ir soltando nuestra corteza; para dejarla caer, dejarla atrás mes a mes.

Eso sí, no todas florecemos para parir. Algunas lo hacemos para resistir hasta el siguiente viento helado. Otras, las que parimos, sabemos además que el florecimiento entraña un misterio: el de la vida. Florecer y parir en Los Andes trae consigo unos valores bien pausados. La paciencia, la perseverancia, la persistencia y la esperanza.

Se camina con la ausencia del oxígeno, elemento extraño a estas alturas. Por cada paso que se da, la montaña devuelve tres hacia abajo. La Morrena —ese lugar que parece ser la quijada de los titanes—, existe también para enseñarnos humildad. No basta con la voluntad de subir: se necesita respeto por las diosas andinas y permiso de los titanes. No basta con respirar, se necesita contemplar para que los músculos sean capaces de hacer las veces de tallo. Firmes y arraigados a la tierra andina, pero flexibles para moverse al son de los vientos y el agua.

Los Andes son un lugar para florecer en la adversidad. En su momento, los colonizadores acostumbrados a los parajes secos del sur de España, bautizaron su experiencia como “inhóspita”, “desolada”, “cruel”; no se dieron cuenta de que la adversidad del ambiente andino es la base para el florecimiento diverso, de muchos colores, con variados tipos de pelusa, tallos y cortezas distintas; interiores, profundas, complejas, comunes, pero también particulares, así somos las criaturas que compartimos matriz andina.

Los Andes nos regalan la oportunidad de florecer mirando desde arriba. Arriba, en donde se secretean el Huascarán con la Taulliraju y conspiran los mensajes que en cóndores envían desde la Patagonia hasta el Cocuy.


[1] Nombre quechua del Lupino.

[2] Nombre quechua del Polilepis.

*Antropóloga, investigadora de la Fundación Alma y docente universitaria