EL PASADO NO PERDONA… O NO QUIERE PERDONAR

“A la memoria del muerto”. Piper Pimienta

Jefrey Valbuena

Equipo Colombiano de investigación en Conflicto y Paz ( ECICP)

Fotografía: Roberth Escobar. Archivo personal

Se acercaba la hora del almuerzo. Después de un aguacero torrencial que sacudió la cotidianidad de los guerrilleros apostados en el Diamante, la algarabía y el ritmo frenético de esos días volvió a aparecer. Esa mañana el clima se mantuvo fresco y el cielo un poco gris, todavía no había salido el sol. Justo en el momento que cesó la lluvia, logramos llegar al campamento del Bloque Sur con la idea de poder dialogar con algún combatiente de la Columna Móvil Teófilo Forero, presente también en la Décima Conferencia de las Farc. La nube de periodistas que se movían de un lado a otro al interior de todos los campamentos buscando buenas fotos, alguna entrevista interesante o simplemente observando el día a día de la vida guerrillera, nuevamente, se hizo sentir.Yo también hacia lo mismo, pero a diferencia de la mayoría de reporteros de las grandes cadenas de noticieros nacionales e internacionales, no me interesaba hablar del proceso de paz ni de lo que ellos pensaban de este.

Me daba la sensación de que ya tenían un discurso formateado en sus cabezas y todos iban a decir que efectivamente ese era el mejor camino que podía tomar la guerrilla y el Estado colombiano, para acabar de una vez por todas los más de cincuenta años de conflicto armado en el país. Mi idea, en cambio, era poder indagar sobre las personas que se escondían detrás de la máscara de combatientes duros e intransigentes, quería ver esos rostros y escuchar esas voces que aún hoy día tememos en la ciudad. Hablar con ese ser humano de carne y hueso, que al igual que nosotros también amaba, odiaba, sentía miedo, tenía angustias, sueños por cumplir y, sobre todo, muchos recuerdos y nostalgias de la vida en el monte que lentamente desaparecía frente a sus ojos.

Solo quise que me contaran un poco de sus vidas antes y después de ingresar a la guerrilla. Que volvieran a su infancia, a sus padres y madres. Muchas no los veían hace años. Me interesó saber de esos lugares donde se criaron y de aquellos donde decidieron ingresar, a todo lo que dejaron atrás por seguir al movimiento. En fin… a una existencia ajena para mí, o no tanto, pero como persona e historiador necesitaba comprender.

Fue así como conocí a Maicol. Él se encontraba en su caleta descansando, cuando junto con mi amigo y colega Roberth Escobar, le preguntamos si podíamos hablar un rato. Después de explicarle lo que pretendía, una sonrisa tímida se dibujó en su rostro y nos respondió: ¡claro que sí! sigan y se sientan. “Yo nací en Buenaventura”, empezó, “pero me crie entre el Caquetá y el Quindío donde tuve la oportunidad de estudiar. Como todo niño jugaba y pensaba en el futuro. Pero desde muy joven fui consciente de lo duro que era poder aspirar a una universidad, ser alguien con un futuro diferente”.

Una historia que se repite en cada rincón del país: jóvenes condenados a una existencia mezquina, marcada por la falta de oportunidades, la poca capacitación y un mercado que no ofrece oportunidades laborales. Si este es el panorama en la ciudad, ya podrán deducir cómo es en el campo. La eterna exclusión y olvido de campesinas y campesinos, afrodescendientes e indígenas de Colombia. De esa realidad Maicol no pudo escapar. “Yo no hubiese querido tener un fusil, pero la situación era demasiado compleja. Eso hizo que ahora ande con un arma en las manos”. Armas que miles de jóvenes a lo largo y ancho de la geografía nacional han decidido tomar porque no hay otro camino. O sí lo hay, pero las condiciones económicas y sociales también condicionan la creatividad y el desarrollo del conocimiento en todos sus niveles tal como lo afirma Roger Chartier “¿De qué sirve entonces querer vivir bien, potenciar las habilidades que cada uno de nosotros posee si nos encontramos cada día con un muro que parece infranqueable? Sencillo: me dedico a vender drogas, me prostituyo y de paso escapo al ambiente hostil de mi hogar y de mi barrio, me voy para un grupo armado, para los paras, para la guerrilla, o en su defecto, a cualquier banda de delincuentes que me permitan ser alguien y tener un lugar en este mundo”.

Maicol, efectivamente, no nació pa semilla y decidió irse para las Farc. No se arrepiente, me dice. “Es lo mejor que me ha pasado en la vida, es un camino por el cual me siento orgulloso y jamás quiero renunciar a él” afirma, mientras en el terraplén que se ve desde su caleta, guerrilleros, periodistas y civiles se divierten jugando fútbol en una cancha improvisada que armaron para divertirse. Maicol encontró en la guerrilla esa tranquilidad y ese sentimiento de identidad de pertenecer a una familia que no tuvo. Jóvenes desarraigados descubrieron en las Farc que podían vivir como grupo, con todas las cosas buenas y malas que implica la convivencia dentro de un núcleo familiar, estructurado en una disciplina político-militar. Fue precisamente allí en ese hogar, en el campamento, huyendo del asedio de los militares, caminando días y semanas enteras, que se sintieron valorados y queridos. A diferencia del campo, la ciudad o los pueblos, que los miraban con desconfianza, que los rechazaba por ser pobres, por ser negros, por ser indios o porque simplemente decidieron volverse guerrilleros.

La mayoría de combatientes de las Farc son hombres y mujeres humildes con muy poco estudio profesional, pero con una inteligencia que realmente asombra a cualquiera. Tantos años en la selva no fueron en vano. Allá se educaron en toda clase de técnicas, no solo aprendieron a empuñar y disparar un arma, aprendieron a sobrevivir y no dejarse capturar, a mimetizarse como un tigre o una culebra, para ser uno solo ellos y el monte. Pero ahora, firmada la paz, Maicol quería tener la posibilidad de educarse para integrarse a nuestro mundo, ese que lo rechaza, que no lo quiere. Quiso saber si ahora sí tendría la oportunidad de vivir tranquilo, de defender sus ideales sin sentirse amenazado, ni amenazar a alguien con un fusil para defender sus palabras.

“Un futuro digno, donde no exista tanta violencia, donde se viva una vida sana, ¿cierto?”, eso decía Maicol hace un año. “Quiero prepararme más, para aportar al movimiento político que va a surgir, no quiero renunciar, quiero continuar. Soy un guerrillero integral. Me gustaría estudiar Derecho y pinturas, algo así como grafitero” ¿te gusta grafitear? Pregunto. La sonrisa ilumina su rostro y me dice: ¡sí mucho! ¿Haces grafity? “Sí uno que otro por ahí, cuando las Farc me han sacado a comisiones para que pinte por allá. Uno que otro dibujito. La verdad me ha gustado harto”.

El tiempo ha transcurrido. Nos encontramos en el Yarí, ¿recuerdas? Yo no lo olvido. Ahora que escribo esto, una vez más, me entero de que esta realidad te negó la posibilidad. El pasado no perdona, Maicol, como dice la canción de Rubén. O mejor: los que controlan el pasado de este país no te dieron la oportunidad de vivir como querías. Los que se siguen aferrando a una historia estática, los que no desean que la historia de este país se mueva, se transforme.

¿Quién te mató? ¿El estado?, ¿los paracos?, ¿tus antiguos camaradas que siguen en el monte? Nunca lo sabremos. Quedará impune, como siempre. Pero hay que seguir luchando dirán unos, no basta con lamentarse, siempre hay una luz al final de túnel. Pero aquí ni siquiera existe el túnel respondo yo.