ECOLOGÍAS EN TIEMPOS DE CRISIS

*Centro de Alternativas al Desarrollo (CEALDES)

“Va a caer agua. Están volando bajito las golondrinas. Mírelas: como todas alborotadas”. La imagen de unos ojos sabios que miran al cielo con certeza es casi poesía, y por alguna razón, se hace difícil diferenciar entre las golondrinas que vaticinan el aguacero, y los gorriones de Darwin. Parece complejo hacer la relación entre ambas interpretaciones de “lo natural”, por pertenecer a campos aparentemente distantes del conocimiento; pero lo cierto es que los pronósticos climáticos de nuestros abuelos, basados solamente en el vuelo de las golondrinas, y la teoría de la evolución de las especies, que pudo haber nacido de la observación detallada del tamaño del pico de algunas aves, comparten el singular arte de la interacción permanente con otras formas de vida. Ambas se encuentran en el proceso metódico de convivir con la naturaleza: observarla, encontrar patrones y relaciones, preguntas y respuestas parciales que nos ayuden, por ejemplo, a evitar la lluvia antes de verla venir o a entender que somos más animales de lo que nos creíamos.

Casi dos siglos han transcurrido desde el momento en que la pregunta por los cambios en las especies, de sus relaciones (y más tarde de los ecosistemas), ocupó las mentes de ciencia. Los pilares epistemológicos de esa disciplina que hoy llamamos ecología fueron erigidos en medio de los debates en torno a la evolución, la geología y la biología; mientras que sus pilares ontológicos se construyeron en medio de lecturas diferenciadas -unas nostálgicas, otras optimistas- frente a la crisis de relacionamiento entre la sociedad y la naturaleza. “Tenemos un padre”, dicen quienes afirman que el zoólogo Ernest Haeckel fue nuestro principal precursor. Pero en su proceso lógico la ecología ha transmutado en una diáspora de compromisos y desafíos diversos por la comprensión y la continuidad de la vida; quizá siguiendo (inconsciente o conscientemente) una de las máximas Freudianas: “hay que matar al padre”. Hoy, independiente de las posibles trayectorias teóricas y metodológicas, ese desafío está en asumir el riesgo de seguir existiendo como disciplina: permanecer inmóviles ante la crisis, no reconocerla, no encontrar la forma de aclimatarnos al cambio. Aclimatarnos porque esperar que pase el larguísimo tiempo que implica la adaptación puede ser esperar demasiado.

Existen ecologías que militan en el freno de la “crisis civilizatoria”, otras ecologías gozan de la contemplación estética y la comprensión de los magníficos detalles que la evolución imprimió en millones de especies; hay ecologías que reconocen la estrecha dependencia entre todos los componentes bióticos y abióticos de la tierra en símil con un gran organismo, sus órganos y tejidos. Pero en el espectro hay también ecologías funcionales a procesos irreversibles de transformación de ecosistemas estratégicos; así como ecologías que, con la excusa de la conservación, separan tajantemente la naturaleza de la sociedad. Lo cierto es que al final cada una de estas magnificas variantes se enfrentan al muro innegable de la finitud de sus objetos y sujetos de estudio. No hay necesidad de reforzar con cifras abismales las consecuencias evidentes de la crisis que respiras en la toxicidad del aire de tu ciudad, al beber las aguas malogradas por agroquímicos en tu vereda o al leer titulares y ver documentales enteros sobre cómo especies o ecosistemas desaparecen paulatinamente de la red ecológica de la que hacían parte. La pregunta es entonces: ¿cuál es el papel de la disciplina ecológica en tiempos de crisis?

Crisis: derivado de la palabra griega Krísis, que a su vez proviene del verbo Kríno (decidir), no denota necesariamente una fatalidad por venir sino explícitamente el momento en que un cambio drástico habrá de producirse, transformando así el estado anterior del objeto o situación. También implica una posición frente a ese momento liminal, casi tensionaste, que inevitablemente trae consigo modificaciones para todas las partes en relación. No es que hablemos, entonces, de visiones catastróficas y apocalípticas cuando hacemos referencia `al papel de la ecología en tiempos de crisis`; justamente hablamos del papel de la disciplina en medio de situaciones que implican decisión y transformaciones en el porvenir.

Antes de caer en el desespero y la frustración de ver especies desaparecer y el hielo convertirse en mar plastificado, las cifras deben convocarnos. Porque estamos hablando del papel de la disciplina en medio de situaciones que implican decisión y transformaciones que comprometen el bien común. Transformaciones que se tienen que dar de manera urgente, articulada, informada e innovadora. Necesitamos ecologías hermanadas con las humanidades, la ingeniería y el diseño. Sinérgicas entorno a la construcción de políticas públicas que apuesten por la complejidad y no por la simplicidad como reacción de nuestro miedo al cambio. Ecologías que denuncien, propongan y controviertan sus propios valores fundacionales: ¿tenemos opiniones frente a la problemática de comunidades campesinas asentadas en áreas protegidas?; ¿Qué concepto nos merece una estrategia contra la deforestación fundamentada en el control policivo y fiscal en zonas donde el Estado ha tenido escasa presencia?; el `fracking` está a la vuelta de la esquina ¿es la gestión la respuesta?; siendo Colombia el segundo país de la región con mayor número de liderazgos ambientales asesinados ¿qué nivel de riesgo enfrentamos como profesionales?

No existen para nosotros las respuestas únicas, pero siguiendo la metáfora inicial del texto: “una sola golondrina no llama agua”. Es preciso encontrarnos de nuevo; la rigidez disciplinar y el proceso acumulativo de la formación académica no deben impedir que la ecología actual sea repujada por compromisos, intereses y sensibilidades distintas. Hay quienes eligen una suerte de “itinerancia colaborativa” como forma de desarrollarse profesionalmente, y van de vereda en vereda predicando vías menos destructivas de relacionarse con la tierra; otras indagan hasta el cansancio por la función de una especie en los procesos sucecionales de bosques en riesgo; otros conocen a fondo los impactos del cambio climático sobre los corales del pacífico… ¿por qué no enfrentar la crisis mencionada desde nuestra propia biodiversidad de saberes? Encontrémonos, no es demasiado el tiempo y sí es largo el camino.

*Asociación sin ánimo de lucro conformada por un equipo interdisciplinar de profesionales de las ciencias sociales, ambientales y básicas, que busca construir alternativas a los conflictos socio-ambientales propios del actual modelo de desarrollo.