Desde sus iglesias y tronos

Sebastián Montañez Cifuentes

No soy un ser humano religioso ni tampoco de mucha fe, pero respeto las creencias de las personas más allá de su credo y código moral. Sin embargo, me interesa develar esa extraña amalgama que se ha intensificado en los últimos meses entre la extrema derecha y la mayoría de las comunidades cristianas, no porque no crea en sus postulados y revelaciones divinas, ni tampoco porque no me aterrorice la idea de que, en caso de ganar el Sí el próximo 2 de octubre, estas tierras se volverán —ahora sí— las puertas del infierno.

El asunto aquí no es Dios ni el diablo, se me hace. Cada quien está en la voluntad, se supone, de creer en lo que bien le dé la gana. El problema es que la fe de miles de personas sea manoseada para un fin electoral, irresponsable y descaradamente violento con las millones de víctimas de estos terrenos celestiales. Desde sus iglesias y tronos medievales se atribuyen el verbo divino para comunicarnos a nosotros, pobres mujeres y hombres pecaminosos, el destino de nuestra sociedad si nos atrevemos a manifestar que es preciso parar de inmediato tantísimo derramamiento de sangre.

Estos pastores bajados del cielo, estos políticos que hablan de Dios y la fe promoviendo con fiereza el No como si estuvieran moviendo piezas de ajedrez, parece que ignoran el hecho de que, en caso de ganar el No, miles y miles de prójimos no tendrán la oportunidad de sobrevivir a sus dolores de otra manera; tendrán que seguir siendo desterrados por siempre, tendrán que caminar entre las minas o continuar pagando vacunas; de seguro tendrán que seguir siendo fantasmas extraños en las ciudades o seres que esperan toda su vida la razón fallecida de dónde están sus familiares queridos. Estos señores, desde sus pulpitos y cargos públicos, solo conocen la guerra de oídas a pesar de ser ellos quienes, en muchos casos, la financien, la organicen, la disfruten. Estos grandes señores —como en aquellas cruzadas de siglos atrás— se fascinan con la sangre ajena. Que mueran y destierren a los anónimos mientras ellos degustan del banquete público de la guerra.

¿Dónde está, pues, la indignación moral o ética de estas comunidades cristianas ante las montañas de desaparecidos que llevamos adentro las personas que sobrevivimos a este país? Su hipocresía histórica se encaracola sobre las mismas palabras de hace siglos. Insisten estos señores que son, simplemente, enviados del Todopoderoso y que no hay otro interés particular que el bienestar del país para que, por ningún motivo, vayamos a caer en las manos del diablo, ni mucho menos en las de las mujeres o, peor aún, en las de los gays, lesbianas o transexuales. No nos alarmemos, por favor; solo nos quieren proteger.

La mezquindad asombra, desorienta. Ninguno de ellos habló del diablo cuando comunidades campesinas enteras fueron aserradas por las sierras paramilitares, ni tampoco cuando asesinaron jóvenes de escasos recursos para presentarlos como milicianos y, así, los miembros del nuestro glorioso Ejército pudieran reclamar sus recompensas por el deber cumplido. Tampoco han hablado de la presencia del diablo en esta tierra cuando han desangrando y explotado a las comunidades afro e indígenas desde que apuntillaron su cruz en la cima de nuestras cabezas hace más de 500 años. Puede que hoy digan que el papa Francisco ha sido descubierto: ¡él también es un enviado del demonio porque quiere venir a este país endemoniado a enseñar la paz si gana el Sí!

La situación es vergonzosa y causa un pánico medio gracioso porque estos líderes religiosos tienen un poder de decisión sobre sus leales feligreses que hay que considerar. No se puede dejar a un lado el hecho de que se siga insistiendo en cocinar, al mismo tiempo, tendencias supremamente conservadoras de la religión con la violenta extrema derecha de este país. El voto del próximo 2 de octubre no debería estar manipulado por la fe religiosa sino, diría yo, alentado por la esperanza de que disminuyan significativamente las muertes de la descomunal violencia política, sin importar el credo o bando ideológico. De este voto dependen vidas humanas.

Muy a pesar del señor Ordoñez, del autoproclamado concejal de la familia Marco Fidel Ramírez, del misógino Eugenio Trujillo Villegas, director de la Sociedad Colombiana Tradición y Acción en Defensa de la Civilización Cristiana, y de la diputada santandereana Ángela Hernández, así gané el Sí no habrá ningún Señor de los milagros que interceda por nosotros acá en la tierra, aquí en Colombia. No es una decisión divina; es una decisión política y humana y, en ese sentido, es responsabilidad nuestra imaginar futuros menos sangrientos y corruptos, aunque parezca una ficción. Es responsabilidad nuestra dejar de alimentar el odio e intentar, sino amar al ajeno, al menos sí respetarlo. Es responsabilidad humana anhelar y trabajar por las transformaciones solidarias para que se les respete y no se persiga la vida digna de las personas y sus territorios.

De otra parte, pensar que si se vota por el Sí se le está entregando el país a las FARC-EP para iniciar una transición al “Castro chavismo” es, simplemente, un absurdo histórico. Es ignorar que nuestro presidente y las élites que mueven los hilos de la economía no están dispuestos en lo más mínimo en negociar el modelo económico neoliberal y extractivista que tanto ha desangrado nuestros territorios y comunidades rurales. Las estrategias demagógicas y burdas del señor Álvaro Uribe Vélez y de su séquito medieval irrespetan la inteligencia y el tacto de las personas que habitamos Colombia. Las pretensiones del No, en su mayoría, son retóricas, tramposas, y no ven más allá del desastre de los bombardeos, de sus triunfos militares ensangrentados, desmedidos. Su intención de sembrar el miedo anunciando el apocalipsis comunista no es otra cosa que una mentira descomunal que, con la complicidad de algunos medios de comunicación y de algunas iglesias cristianas, quieren volver verdad como en los tiempos de la propaganda Nazi.

Ahora bien, no entiendo porque hay tanto escándalo e indignación con el hecho de que los guerrilleros de las FARC-EP negocien la dejación de sus armas para iniciar su tránsito hacia la participación en la vida política del país, y con que algunos de ellos y ellas puedan ser elegidos por el voto popular para ocupar cargos públicos. La casta uribista y religiosa, acaso, cree ciegamente que al senado y a la iglesia solo entran hombres y mujeres ejemplares para representar lo más rescatable de la sociedad colombiana. ¡Su hipocresía y descaro no tienen límites! Olvidan que en ese mismo recinto aplaudieron con emoción al comandante de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), Salvatore Mancuso, mientras embestía un discurso para toda su Colombia. Él, valga la pena recordar, es responsable de las masacres de Mapiripán, El Aro, La Gabarra, entre otras, además del asesinato selectivo de cinco mil civiles y de la participación activa en el narcotráfico. Él jamás pidió perdón ni reparó a ninguna de sus víctimas.

Ahí, en las iglesias y en el senado, durante toda la historia de Colombia se han sentado en sus tronos los otros responsables de esta guerra, quienes han orquestado sus artimañas desde sus oficinas y altares y han mandado a matar a dedo como si estuviesen jugando Risk. Y sí, quizá la justicia carcelaria con las FARC-EP no es ejemplar para quienes los quieren desaparecer o encerrar para toda la vida, pero sí es un algo significativo para que intenten resarcir todos los daños y dolores causados, para que dejen las armas, insistan en su voluntad de perdón y continúen revelándose con las palabras. Las comunidades cristianas podrían, quizá, hacer un esfuerzo sincero de comprender el sentido humano del perdón. Lo ocurrido en esta guerra entre las FARC-EP y el gobierno no se puede cambiar, ni tampoco van a volver a estar entre nosotros todos esos niños, niñas, hombres, mujeres, ancianos y ancianas que la violencia política nos arrebató. Este 2 de octubre, sin embargo, sí podemos jugárnosla por intentar un nuevo camino, por hacer el deber humano de pedir perdón, de perdonar, de curar para continuar y, así, soñar otros pasos firmes hacia el resarcimiento de todas nuestras víctimas.

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